Chisme Pedagógico: Versión Terror — El salón cerrado, el niño del pasillo 5 y el recreo interminable 🕯️🏫

🎧 Imagina esto: noche urbana, viento colándose por las ventanas, el zumbido de lámparas viejas… y una escuela que, por fin, se queda en silencio.

Cada escuela tiene su historia.
Algunas son reales… y otras nacen de la imaginación de quienes viven entre pupitres y pizarrones.

Son relatos fantásticos inspirados en el mundo docente, donde lo cotidiano se mezcla con lo inexplicable.
Aquí no hay verdades absolutas: solo ecos, leyendas y fantasías que cobran vida cuando cae la noche.

Bienvenidos a Chisme Pedagógico: Versión Terror.
Porque a veces, las historias inventadas… son las que más nos hacen pensar.


Relato 1: “El salón cerrado” 👻🔒

(Relato contado por un intendente en una primaria del sur de México)

Cuando me dieron mi cambio, lo tomé como una bendición.
Después de casi diez años trabajando lejos de casa, por fin me asignaron a una escuela a solo tres cuadras. Era perfecta: pequeña, recién pintada, con bugambilias dando sombra en el patio.

La directora me recibió sonriente, pero entre los maestros se notaba algo raro.
Uno de ellos, al escuchar mi nombre, me miró de reojo y dijo:

A ver si aguanta.

No entendí… hasta que llegó mi primer día.

🌑 Primer arco: El ruido del 3-B

Aquella tarde me quedé solo limpiando pasillos. Los niños ya se habían ido y los maestros estaban en junta.
El viento movía las cortinas… y entonces escuché golpes secos, como si alguien pateara una puerta desde adentro:

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

Seguí el sonido hasta el fondo del edificio viejo: el salón 3-B, el único que siempre estaba cerrado con candado.

Me asomé por la ventanita. Adentro no había nadie.
Solo pupitres cubiertos con polvo.

Pensé que era el aire… hasta que escuché, clarito, una voz de niño:

Déjenme salir… por favor.

Sentí que las piernas se me aflojaban. Corrí a la dirección.
Cuando volví con la directora… ya no se escuchaba nada.

Ella solo dijo:

—No se asuste, don Arturo. Aquí a todos nos pasa la primera vez.

🌒 Segundo arco: Las noches en la escuela

Con el tiempo me fui acostumbrando.
A veces, cuando regresaba de noche a revisar llaves del agua o el transformador, escuchaba pasitos en el pasillo… o veía la luz del 3-B encenderse sola por segundos.

Aprendí a ignorarlo… o a fingir que no.

Un día se lo conté a un maestro que salía tarde. Me miró serio:

—¿Sabía que antes ese salón era de tercero “C”?
—¿Y?
—Ahí murió un niño hace años… durante un simulacro. Se quedó encerrado. Nadie se dio cuenta hasta el otro día.

Esa noche dormí con la tele prendida.

🕯️ Tercer arco: El pedido

Pasaron meses.
Ya sabía que a las 9:30 en punto se escuchaban tres golpes iguales.

Ya no me asustaba. Solo decía bajito:

—Ya, muchacho… tranquilo.

Pero una noche fue distinto. Llovía fuerte y se fue la luz.
Tuve que revisar el corto y, al pasar por el edificio viejo, escuché llanto… no golpes.

Llanto bajito, desgarrado.

Y una voz:

No quiero estar aquí… tengo frío… déjenme salir.

Tomé valor, acerqué la linterna y miré por la rendija.
Ahí lo vi: una sombra pequeña, encorvada, moviéndose entre pupitres.

La linterna la tocó… se quedó quieta… y se giró hacia mí.

No tenía rostro. Solo un hueco oscuro donde debían estar los ojos.

Me congelé.

Entonces la puerta se sacudió con fuerza, como si algo desde adentro empujara.

Corrí sin mirar atrás.

🪞 Cuarto arco: Lo que nadie quiere ver

Al día siguiente le conté a la directora. Me pidió que no hablara con nadie.

—Ya hubo problemas antes…
—El salón 3-B está cerrado por una razón. No es seguro entrar.

Después supe que cada intendente anterior pedía su cambio antes de seis meses.
Uno incluso dejó las llaves tiradas y nunca volvió.

Yo llevo un año.

No sé si por necesidad o costumbre… aprendí a vivir con eso.

Cada noche, al cerrar la escuela, paso frente al 3-B, bajo la vista y digo:

—Ya vámonos, muchacho. Ya pasó otro día.

Y desde adentro, siempre escucho bajito:

Gracias… profe…

🔚 Epílogo: El sonido del candado

La semana pasada llegó una orden de mantenimiento:

“Remover candado del aula 3-B para rehabilitación”.

Me tocó hacerlo.

Cuando corté el candado, el metal cayó al piso con un sonido seco.
Y te juro que sentí un aire helado salir del salón… como si alguien hubiera esperado demasiado tiempo.

Esa noche, el pasillo estuvo en silencio.

Pero al día siguiente, al llegar temprano, encontré algo en la puerta:
una huellita pequeña marcada con polvo… justo del lado de adentro.

Desde entonces, el candado no se ha vuelto a cerrar.

Pero cada noche, al pasar por el 3-B, sigo sintiendo que alguien camina detrás de mí…
como si por fin lo hubieran dejado salir.

⬇️Suscríbete al canal ⬇️

Lee las historias completas

Relato 2: “El niño del pasillo 5” 🧥🎒

(Secundaria en CDMX: el alumno que todavía juega)

Cuando me dieron mi cambio a la secundaria Héroes de la Patria, sentí que me había sacado la lotería.
Por fin una escuela cerca de casa: tres edificios, canchas techadas y un mural enorme de Benito Juárez.

Todo parecía perfecto… pero desde el primer día, había una sensación rara:

Como si alguien te observara… incluso cuando estás solo.

🕯️ Primer arco: Los rumores

Los maestros no tardaron en contar historias.

La profe de matemáticas me dijo:

—Seguro ya lo viste: el niño del suéter gris. Anda por el edificio C. No molesta… pero asusta cuando desaparece.

El profe de historia juró que lo vio correr a las seis de la tarde.

Una prefecta dijo que mueve cortinas en el laboratorio.

Dicen que tira gises, apaga luces, deja huellitas sobre escritorios.
Siempre con su suéter gris y una mochila azul.

Yo no creía… hasta que me pasó.

🌑 Segundo arco: La primera vez

Era viernes, 6:10 p.m.
Me quedé llenando calificaciones. Escuché risas de niño. Pensé que era un alumno escondido.

Salí al pasillo… y lo vi.

Un niño pequeño: suéter gris, mochila azul. Pasó frente al laboratorio.

—¡Eh, tú! ¡Sal de ahí!

Silencio.

Corrí tras él. Lo vi doblar hacia el pasillo 5, zona de mantenimiento… donde nadie debía entrar.

—¡No corras por ahí! ¡Es peligroso!

Volteó… y me sonrió.

🌘 Tercer arco: El pasillo prohibido

El pasillo olía a humedad y polvo viejo. Las luces parpadeaban.

Lo vi moverse al fondo, detrás de una columna.

Doblé la esquina… y el pasillo terminaba en un muro. No había salida.
Solo una puerta vieja clausurada con tablas.

Entonces… lo vi otra vez.

Pero ahora estaba del otro lado del vidrio roto, corriendo por el pasillo exterior…

Como si hubiera atravesado la pared.

Y se reía. Se reía como si todo fuera un juego.

🔦 Cuarto arco: Lo que me contaron

Al día siguiente le conté al intendente.

—Ya lo vio, ¿verdad? El niño del pasillo 5.

Me contó que hace años un estudiante entró a escondidas, en una broma.
El techo se vino abajo.

Nunca salió con vida.

Desde entonces, dicen que a los maestros nuevos les hace lo mismo:
los hace correr detrás de él… como si todavía estuviera jugando.

🌒 Quinto arco: La última noche

Pasaron semanas.
Yo ya sabía que a las 6:15 exactas algo pasaba: gises caían solos, el aire se ponía helado.

Una noche escuché pasitos rápidos en el pasillo 5.

Ya no corrí.

Encendí la linterna y dije:

—Ya no te voy a regañar… pero no corras por ahí, es peligroso.

Por primera vez… no corrió.

Tenía el rostro borroso, lleno de polvo.

Levantó una mano… y me dijo adiós.

Las luces parpadearon. Cuando volvió la luz, ya no estaba.

Solo quedó una mochila azul vieja, apoyada contra la pared.

Cubierta de polvo… como si nadie la hubiera tocado en años.

🕯️ Epílogo: El eco de la risa

Nunca lo volví a ver.

Pero los maestros nuevos dicen que algunas tardes escuchan risas infantiles en los pasillos.
Y cuando cierran el portón, sienten que alguien los sigue.

Yo solo les digo:

Si ven al niño del suéter gris… no lo corran.
Y si lo escuchan reír… díganle que ya puede irse a casa.

Porque aquí hay un niño que todavía cree…
que el recreo no ha terminado.

 

Relato 3: “El recreo interminable” 🕰️🔔

(Fantasía escolar: cuando el tiempo se dobla a las 4:30)

Dicen que en cada escuela hay algo que el tiempo se niega a borrar: un salón, un árbol, un recuerdo.

Yo no creía… hasta que llegué a la Secundaria Técnica No. 114, a la orilla del Viaducto.

Me dijeron dos cosas:

  1. los alumnos eran inquietos, pero alegres

  2. si escuchaba la campana sonar fuera de horario… no me preocupara
    —“A veces suena sola.”

🌤️ Primer arco: La primera campana

La primera semana fue normal.

Hasta que un martes, a las 4:30, sonó la campana del recreo:

¡DING-DONG! ¡DING-DONG!

Pensé que era una broma… pero al salir al patio vi algo imposible:

Niños jugando fútbol, canicas, cuerda… con uniformes antiguos, como de los 80.

Nadie más los veía.
Los maestros pasaban junto a ellos sin notarlos.

Parpadeé… y desaparecieron.

Esa noche soñé con risas repetidas, una y otra vez… como un eco que no quería terminar.

🪞 Segundo arco: Las historias

Le pregunté al intendente, don Marcos.

—Ah… ya escuchó la campana del recreo eterno.

Me contó que hubo un accidente: un terremoto justo en recreo.
Un muro se vino abajo. Varios niños quedaron atrapados.

Desde entonces, dicen que a las 4:30 el tiempo se dobla.
Por un instante… los niños siguen jugando.

Como si el recreo nunca hubiera terminado.

🕰️ Tercer arco: El reloj detenido

Empecé a notarlo: el reloj del pasillo principal siempre marcaba 4:30, sin importar la hora real.

Una tarde me quedé solo. Silencio total.
Y la campana sonó otra vez.

Salí al patio… y ahí estaban.

Uno me saludó. Rostro lleno de polvo, sonrisa dulce.

—¿Podemos seguir jugando, profe?

No supe qué decir. Solo asentí.

Era hermoso… y triste.

🌒 Cuarto arco: El pasillo sin salida

Desde ese día, cada tarde antes de irme, la campana suena una sola vez: un DING largo, como quejándose.

A veces veo una pelota rodando sola. Un dibujo recién hecho. Una mochila vieja.

Una noche seguí el sonido. Me llevó al edificio antiguo usado de bodega.
Pasillo oscuro… risas… una puerta entreabierta.

Adentro: pupitres alineados y un reloj detenido en 4:30.

Las manecillas intentaban moverse… algo las detenía.

Y escuché una voz detrás:

—No deje que termine, profe. Si se detiene… ya no podemos volver.

🔦 Quinto arco: El recreo interminable

Me giré… no había nadie.

Al volver al patio, el cielo tenía un naranja extraño.
Los niños estaban otra vez ahí, pero sus risas ya no sonaban felices: sonaban cansadas, como de años repitiendo lo mismo.

Una niña se acercó:

—¿Ya va a sonar la campana para entrar, profe?

Quise responder… pero no me salía la voz.

Solo dije:

—Aún no… todavía no.

Entonces todos sonrieron.

La campana sonó tres veces y se quedaron quietos.
Uno por uno se desvanecieron.

Solo quedó el eco de sus pasos.

🕯️ Epílogo: ¿Fantasía o recuerdo?

A veces pienso que fue un sueño.

Pero en el muro del patio apareció una frase escrita con gis blanco:

“Gracias por dejarnos jugar un día más.”

Desde entonces, cada 4:30 la campana suena aunque nadie la toque.
Y yo dejo la puerta abierta…

por si acaso alguien quiere salir al recreo.

Cierre tipo documental 🎬🕯️

Todas las historias que leíste son obras de ficción: relatos de fantasía inspirados en la vida cotidiana de las escuelas, esos lugares donde conviven la rutina, la emoción… y a veces, la imaginación.

Porque más allá de las planeaciones y los informes, cada docente guarda un universo entero de historias.

Esto fue Chisme Pedagógico: Versión Terror.
Donde el miedo es solo otra forma de seguir aprendiendo.