¿Por qué los adolescentes necesitan pertenecer? Comunidades digitales e identidad juvenil

Internet no inventó la necesidad de pertenecer. Lo que transformó fueron las posibilidades de encontrar personas, comunidades y lenguajes con los cuales construir quiénes somos y cómo interpretamos nuestra experiencia.

Introducción

Hay una escena aparentemente insignificante que ocurre todos los días en muchas escuelas.

Un grupo de estudiantes está hablando. Escuchamos una palabra extraña, el nombre de algún creador, una referencia que no comprendemos o una broma cuyo sentido parece escapar completamente de nosotros.

Preguntamos.

—¿Qué significa eso?

Y alguien responde:

—Nada, profe. Cosas de internet.

Quizá realmente no sea nada importante.

Pero detrás de algunas de esas “cosas de internet” existen comunidades enteras.

Fandoms, gamers, comunidades alrededor de determinadas estéticas, seguidores de creadores, activismos, therians y muchos otros espacios difíciles de clasificar. También existen comunidades atravesadas por discursos mucho más problemáticos, como determinados espacios de la manosfera.

Miradas desde fuera, algunas pueden parecernos incomprensibles.

Sin embargo, quizá estamos comenzando con la pregunta equivocada.

En lugar de preguntarnos por qué los jóvenes hacen cosas que los adultos consideramos extrañas, podríamos preguntarnos:

¿qué encuentran algunos adolescentes dentro de esas comunidades que hace que quieran pertenecer?

La pregunta importa porque, si queremos comprender quiénes son los estudiantes que llegan hoy al aula, conocer solamente lo que ocurre dentro de la escuela probablemente ya no sea suficiente.

Pertenecer no comenzó con internet

La necesidad de construir vínculos con otras personas no es una consecuencia de TikTok, Discord o los videojuegos.

Mucho antes de internet, los jóvenes ya construían grupos alrededor de la música, la ropa, el deporte, determinadas ideas políticas, aficiones, barrios y subculturas.

Y la adolescencia constituye precisamente un periodo especialmente importante para la exploración de quiénes somos y cómo nos relacionamos con los demás.

Aquí podemos recuperar una idea de Erving Goffman que resulta particularmente fértil.

En La presentación de la persona en la vida cotidiana, Goffman propuso pensar la interacción social prestando atención a cómo las personas presentamos aspectos de nosotros mismos frente a otras, interpretamos sus reacciones y manejamos las impresiones que producimos.

No necesitamos convertir la adolescencia en una obra de teatro para aprovechar la intuición.

Nuestra identidad no se construye completamente en aislamiento.

Nos mostramos.

Somos observados.

Probamos.

Recibimos respuestas.

Ajustamos.

Nos acercamos a determinados grupos y nos alejamos de otros.

La ropa, el lenguaje, la música, las bromas, los gustos y los referentes pueden convertirse así en recursos mediante los cuales también comunicamos quiénes somos y con quiénes sentimos afinidad.

Nada de esto necesitó internet para existir.

Lo interesante aparece cuando preguntamos qué ocurre cuando ese proceso puede realizarse frente a muchas más personas y dentro de muchos más escenarios.

Internet multiplicó los lugares donde podemos encontrarnos

Durante buena parte de la historia, las posibilidades de encontrar una comunidad estuvieron fuertemente condicionadas por la proximidad.

Familia.

Barrio.

Escuela.

Amistades.

Espacios religiosos, deportivos o culturales.

Los medios permitían conocer otras maneras de vivir, pero encontrar personas con una experiencia o un interés extraordinariamente específico era mucho más difícil.

Internet modificó esa condición.

Una persona puede descubrir que aquello que no encuentra representado entre quienes tiene físicamente cerca sí aparece en algún otro lugar.

Puede ser un videojuego.

Una estética.

Una afición extraordinariamente específica.

Una experiencia personal.

Una preocupación.

Una manera de interpretar algo que le ocurre.

Una búsqueda puede llevar a un video.

El video a otro creador.

El creador a una comunidad.

Y esa comunidad a otras personas que utilizan palabras, símbolos y referencias que comienzan a resultar familiares.

Entonces puede aparecer una experiencia enormemente poderosa:

“Hay otras personas como yo.”

Las comunidades digitales juveniles son espacios de interacción mediados por tecnologías donde adolescentes y jóvenes pueden encontrarse alrededor de intereses, experiencias, identidades, prácticas o interpretaciones compartidas, construyendo vínculos, lenguajes, normas y sentidos de pertenencia que pueden extenderse también a su vida fuera de internet.

Pero encontrar personas parecidas es solamente el comienzo de la historia.

Los adolescentes no simplemente “usan” internet: también lo habitan socialmente

Durante años hemos hablado del mundo digital como si fuera una dimensión separada.

Tenemos la “vida real” y después tenemos “internet”.

Sin embargo, esta distinción explica cada vez menos de la experiencia juvenil.

Aquí resulta especialmente útil el trabajo de Danah Boyd.

A partir de su investigación etnográfica con adolescentes estadounidenses, boyd propuso comprender determinadas redes sociales como públicos en red: simultáneamente espacios construidos mediante tecnologías y comunidades imaginadas que emergen de la interacción entre personas, tecnología y prácticas sociales.

La tecnología no elimina las prácticas sociales anteriores.

Las reorganiza bajo otras condiciones.

Los jóvenes siguen conversando, bromeando, buscando amistad, presentándose frente a otros, comparándose, enamorándose, discutiendo y buscando reconocimiento.

Pero ahora algunas de esas interacciones pueden persistir, circular, alcanzar audiencias que no vemos y atravesar contextos distintos.

Por eso quizá deberíamos abandonar una pregunta demasiado simple:

“¿Cuánto tiempo pasan los adolescentes en redes?”

Y comenzar a preguntar:

“¿Qué están haciendo allí?”

No parece importar solamente cuánto tiempo pasan conectados

Una revisión sistemática publicada en Adolescent Research Review examinó 32 estudios que, en conjunto, incluían 19,658 participantes y analizaban diferentes relaciones entre redes sociales y desarrollo de identidad.

Su conclusión resulta particularmente interesante: para comprender esas relaciones parece ser más importante observar qué hacen los jóvenes en redes sociales que simplemente cuánto tiempo pasan utilizándolas.

La participación activa se relacionó con mayor exploración identitaria; la presentación auténtica de uno mismo apareció asociada con mayor claridad del autoconcepto, mientras que las comparaciones sociales se relacionaron tanto con exploración como con malestar identitario. Los propios investigadores advierten, además, que buena parte de los estudios disponibles son transversales, por lo que todavía no podemos establecer fácilmente qué causa qué.

Este matiz cambia bastante la conversación.

Dos adolescentes pueden pasar exactamente dos horas utilizando una plataforma y estar viviendo experiencias completamente diferentes.

Uno puede conversar con amigos.

Otro puede crear dibujos para un fandom.

Otro puede mirar videos.

Otro puede participar en una comunidad gamer.

Otro puede buscar información sobre algo que le ocurre.

Otro puede comparar permanentemente su apariencia con otras personas.

Otro puede encontrar un grupo donde, por primera vez, siente que alguien comprende una experiencia que no había podido compartir presencialmente.

Medir únicamente las horas aplana todas esas experiencias bajo una misma categoría:

“tiempo de pantalla”.

Y quizá ahí estamos perdiendo una parte importante de la historia.

De “me pasa esto” a “hay otras personas como yo”

Las comunidades no solamente conectan personas.

También pueden transformar la manera en que interpretamos nuestras propias experiencias.

Imaginemos que un adolescente tiene un interés que nadie de su entorno comparte.

Durante mucho tiempo puede vivirlo como algo estrictamente individual.

Después encuentra a otra persona.

Después a cien.

Descubre videos, conversaciones, referentes, bromas internas, historias y símbolos.

Aquello que parecía estrictamente personal adquiere una dimensión colectiva.

Y ese reconocimiento no debería parecernos trivial.

En una encuesta realizada en Estados Unidos en 2024, 74% de los adolescentes consultados dijeron que las redes sociales los hacían sentirse más conectados con lo que ocurría en la vida de sus amigos. Alrededor de la mitad señaló que las redes los hacían sentirse más aceptados o que contaban con personas capaces de apoyarlos en momentos difíciles.

Eso no demuestra que todas las comunidades digitales produzcan bienestar ni que las plataformas sean espacios inherentemente positivos.

De hecho, los mismos adolescentes reportan experiencias contradictorias: 39% dijo sentirse abrumado por el drama, 31% presión para publicar contenido popular y otro 31% exclusión por parte de amigos.

Y ahí aparece algo mucho más interesante que decidir si las redes son “buenas” o “malas”.

Pueden producir experiencias diferentes al mismo tiempo.

Conexión y comparación.

Reconocimiento y presión.

Exploración y vigilancia.

Comunidad y exclusión.

Una comunidad no solamente dice “no estás solo”

Aquí aparece una segunda capa del fenómeno.

Encontrar una comunidad puede permitirnos pensar:

“Hay otras personas como yo.”

Pero una comunidad también puede comenzar a ofrecer algo más:

una explicación.

Esto que sientes tiene un nombre.

Esto que te ocurre significa esto.

Estas son las personas que pueden comprenderte.

Estas son las personas que no pueden hacerlo.

Estas son nuestras referencias.

Estas son nuestras reglas.

Esta es nuestra historia.

En otras palabras, las comunidades no solamente agrupan individuos.

También pueden producir marcos de interpretación.

Y eso resulta fundamental para comprender por qué comunidades enormemente diferentes pueden resultar significativas para quienes participan en ellas.

Un fandom puede ofrecer referentes, creatividad y conversación.

Una comunidad gamer puede organizar amistades y cooperación alrededor de experiencias compartidas.

Una comunidad estética puede proporcionar recursos para experimentar con la presentación personal.

Una comunidad identitaria puede proporcionar palabras para nombrar determinadas experiencias.

Y algunas comunidades también pueden construir interpretaciones hostiles del mundo.

Por eso el análisis se vuelve mucho más complejo.

Cuando pertenecer también significa aprender cómo interpretar el mundo

Imaginemos ahora otro recorrido.

Un adolescente experimenta soledad, frustración o dificultades para relacionarse.

Busca respuestas.

Encuentra personas que describen experiencias semejantes.

Por primera vez siente reconocimiento:

“Alguien entiende lo que me pasa.”

Pero posteriormente esa comunidad puede proporcionarle una explicación:

“Esto te ocurre por culpa de…”

“Las relaciones funcionan de esta manera…”

“Nosotros entendemos algo que los demás no quieren reconocer…”

Aquí podemos comenzar a comprender por qué algunas comunidades digitales merecen una atención mucho más cuidadosa.

No porque internet introduzca mágicamente una idea en una persona pasiva.

Sino porque determinadas ideas pueden encontrarse con experiencias, necesidades y vínculos sociales preexistentes.

Comprender este proceso no significa justificar discursos de odio, misoginia, acoso o violencia.

Significa algo diferente:

si queremos comprender por qué una idea encuentra arraigo, quizá necesitemos comprender también la experiencia social mediante la cual llegó hasta una persona.

Toda comunidad construye alguna forma de “nosotros”

Existe otra tensión que conviene observar.

Las comunidades construyen pertenencia precisamente porque permiten establecer algún tipo de frontera.

Compartimos esto.

Entendemos estas referencias.

Utilizamos estas palabras.

Reconocemos estos símbolos.

Y esa construcción de un nosotros puede ser profundamente significativa.

Pero también plantea preguntas.

¿Quién pertenece?

¿Quién queda fuera?

¿Qué hay que hacer para ser reconocido como miembro?

¿Quién decide qué significa pertenecer correctamente?

¿Qué ocurre cuando alguien cuestiona las explicaciones dominantes del grupo?

¿Qué imagen construye la comunidad sobre quienes no forman parte de ella?

No existe una única respuesta.

Precisamente por eso resulta poco útil colocar bajo la misma categoría moral a todas las comunidades juveniles de internet.

La pregunta más fértil no es:

¿esta comunidad es buena o mala?

Podríamos comenzar con otras:

¿Qué tipo de pertenencia construye?

¿Qué ofrece a sus integrantes?

¿Qué les exige?

¿Cómo explica el mundo?

¿Cómo construye a quienes están fuera?

Y, sobre todo:

¿qué necesidades humanas está logrando encontrar y organizar?

Lo digital y lo presencial no terminan en puertas diferentes

Ahora podemos regresar a la escuela.

Un estudiante no deja su comunidad digital fuera del aula cuando guarda el teléfono.

Puede entrar con él en forma de lenguaje.

Humor.

Referentes.

Amistades.

Conflictos.

Estéticas.

Formas de vestir.

Interpretaciones.

Personas a quienes admira.

Categorías con las que comienza a nombrarse.

Eso no significa que debamos convertir a cada docente en investigador de TikTok.

Tampoco que necesitemos comprender cada meme antes de comenzar una clase.

Pero sí plantea una transformación importante en nuestra manera de conocer a los estudiantes.

Tradicionalmente hemos considerado aspectos como su familia, contexto socioeconómico, comunidad, trayectoria escolar y desempeño académico.

Todos siguen siendo fundamentales.

Pero quizá deberíamos agregar una pregunta:

¿a qué mundos siente que pertenece este estudiante?

No para vigilarlo.

No para diagnosticarlo.

No para decidir qué debería gustarle.

Sino para reconocer que una parte de su experiencia social puede estar construyéndose en espacios culturales que nosotros nunca hemos habitado.

Hablar de “esta generación” empieza a resultar insuficiente

Existe finalmente una contradicción interesante.

Nunca habíamos tenido tantas etiquetas para describir generaciones.

Generación Z.

Generación Alfa.

Nativos digitales.

Generación de cristal.

Y, sin embargo, las posibilidades de construir comunidades específicas son extraordinariamente diversas.

Dos adolescentes de la misma edad, sentados en el mismo salón y utilizando TikTok pueden habitar mundos culturales radicalmente distintos.

Uno puede participar en fandoms de K-pop.

Otro construir amistades alrededor de videojuegos.

Otro interesarse por comunidades deportivas.

Otro seguir contenidos de self-improvement.

Otro participar en comunidades estéticas.

Otro no identificarse particularmente con ninguna.

Incluso dentro de una misma comunidad existirán diferencias.

Por eso estudiar las nuevas generaciones no debería llevarnos a construir una descripción definitiva de “cómo son los jóvenes”.

Quizá debería producir el movimiento contrario.

Ayudarnos a reconocer cuánto se diversificaron los escenarios donde pueden construir quiénes son.

¿Qué tiene que ver todo esto con la educación?

Quizá el principal desafío educativo no sea mantenernos actualizados con cada tendencia.

Eso sería imposible.

Cuando termináramos de aprender el vocabulario, probablemente ya habría cambiado.

El desafío puede ser desarrollar una disposición diferente frente a aquello que desconocemos.

Cuando un estudiante diga:

—Son cosas de internet.

Podemos aceptar que quizá sea solamente un meme.

Pero también podemos recordar que internet no es únicamente un conjunto de aplicaciones.

Es uno de los espacios donde actualmente ocurren procesos de socialización, experimentación identitaria, reconocimiento y construcción de comunidad.

Eso cambia nuestra posición.

En lugar de mirar una práctica juvenil desconocida y preguntar inmediatamente:

“¿Qué les pasa?”

podemos preguntarnos:

“¿Qué está ocurriendo aquí?”

Y esa pequeña diferencia contiene buena parte del proyecto de Chisme Pedagógico.

Comprender antes de reaccionar.

⬇️Suscríbete al canal ⬇️

Preguntas para seguir pensando

  • ¿Qué comunidades forman parte de la vida cotidiana de nuestros estudiantes aunque nunca aparezcan explícitamente durante una clase?
  • ¿Qué necesidades de reconocimiento y pertenencia encuentran algunos jóvenes en espacios que la escuela quizá no logra ofrecer?
  • ¿Cómo distinguir entre acompañar la exploración juvenil y vigilar los mundos culturales de nuestros estudiantes?
  • ¿Qué ocurre cuando una comunidad que ofrece reconocimiento también proporciona explicaciones perjudiciales sobre otras personas o sobre el mundo?
  • Cuando hablamos de “las nuevas generaciones”, ¿estamos describiendo realmente a nuestros estudiantes o construyendo una categoría demasiado amplia para experiencias cada vez más diversas?

Reflexión final: quizá necesitamos conocer sus mundos

Comprender las comunidades juveniles no significa convertir cada tendencia de internet en un problema educativo.

Tampoco significa celebrar acríticamente cualquier comunidad porque proporciona pertenencia.

Significa reconocer una transformación más profunda.

Internet amplió extraordinariamente las posibilidades para que una experiencia individual encuentre otras personas, un nombre, símbolos, explicaciones y eventualmente un nosotros.

Algunos de esos encuentros pueden acompañar.

Otros pueden presionar.

Algunos pueden ampliar las posibilidades de una persona.

Otros pueden estrecharlas.

Y muchos probablemente contengan varias de esas cosas simultáneamente.

Por eso quizá la pregunta “¿dónde pertenecen los jóvenes de hoy?” no pueda responderse con una plataforma, una generación ni una lista de comunidades.

Nos obliga a mirar personas concretas.

Porque conocer qué aplicaciones utilizan nuestros estudiantes todavía no significa conocer los mundos que habitan dentro de ellas.

Y quizá ahí comienza el siguiente chisme.