Cuando enseñar también cansa: historias que no siempre se dicen

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Historias que no siempre se dicen

En Chisme Pedagógico hay historias que no caben en una planeación ni en un informe.
Historias que aparecen cuando se cierra la puerta del salón, cuando baja el ruido…
y el cuerpo por fin alcanza a sentir el cansancio.

Estas no son historias ejemplares.
No son consejos.
No son denuncias.

Son relatos docentes, escritos para ser leídos con calma.


Historia 1

“Cuando colgué el gafete (y no fue por falta de amor)”

El último timbre del día sonó como siempre, pero esa tarde se sintió distinto.
Yo estaba en el salón, borrando el pizarrón con esa mezcla rara de marcador, tranquilidad y cansancio que se te queda en las manos.

En el celular, un grupo de WhatsApp vibraba sin parar:

—“Profe, ¿por qué mi hijo no trae su lápiz nuevo?”
—“Profe, ¿puede mandar evidencia?”
—“Profe, ¿puede cambiar la actividad? A mi hijo no le gusta”.

Era fin de ciclo escolar.
Era escuela pública.
Era martes.
Y yo ya estaba exhausto.

La junta con madres y padres fue corta, pero intensa. Nadie gritó. Nadie insultó.
Y aun así, salí con la sensación de haber corrido un maratón emocional.

No eran “malos padres”.
Eran demandantes, ansiosos, siempre conectados.
Esperaban que la escuela resolviera lo que la vida no les estaba dando tiempo de atender.

Yo asentía, explicaba, justificaba.
Por dentro, algo empezaba a crujir.

En la dirección, el café sabía a resignación.

—“Así está ahorita, hay que aguantar”, dijo un colega.
Otra maestra comentó que ya había normalizado contestar mensajes a las once de la noche.

Yo pensé en mis fines de semana planeando, en las evidencias, en el cansancio acumulado.
No era falta de vocación.
Era exceso de todo lo demás.

La gota fue un mensaje de audio de casi cuatro minutos, enviado a las 6:12 de la mañana, reclamando una rúbrica.

Apagué el teléfono.
Entré al salón.
Miré a mis alumnos —ellos seguían siendo la parte luminosa—
y entendí algo incómodo: estaba empezando a sentir más desgaste que alegría.

Esa tarde, por primera vez, pensé en dejar la docencia sin culpa.
Y eso me asustó.

Renuncié meses después, con miedo y alivio mezclados.
La vida después del magisterio no fue inmediata ni clara.
Hubo entrevistas donde mi experiencia “no encajaba”, preguntas incómodas, silencios largos.

Aprendí a traducir mis habilidades docentes a otros lenguajes: comunicación, formación, acompañamiento.
No fue fácil.
Tampoco fue el fin del mundo.

Dejar la docencia no me quitó lo que soy como educador.
Solo me obligó a reconocer mis límites.

Lee las historias completas

Historia 2

“Profe Javier, le mando esto porque ya no sé con quién decirlo”

Profe Javier,

Le escribo porque sigo su canal desde hace tiempo y porque hoy necesitaba sacar esto de algún lado.
No es una denuncia.
No es un ajuste de cuentas.
Es solo una historia que, creo, nos está pasando a muchos.

Soy maestro de secundaria en un colegio de México.

Yo amo trabajar con niños. De verdad.
Todavía me gusta entrar al salón y escuchar el “¡ya llegó el profe!”.

Ese día, mientras acomodaba el material, uno de los chicos me dijo:

—Profe, hoy sí entendí lo de ayer.

Y pensé: para esto estoy aquí.

Pero el celular vibró otra vez.

—“Se les recuerda que el reporte debe subirse hoy antes de las 2:00 p.m.”

Lo leí en el pasillo, camino al recreo.
Miré la hora.
Miré mis cuadernos.
Miré a los niños corriendo.

Respiré hondo.

En la dirección comenté en voz baja:

—¿Ese no era para mañana?

—Sí… pero ya lo recorrieron, ya sabes cómo es esto —me respondió una compañera sin levantar la vista.

No sonaba enojada.
Sonaba cansada.
Como todos.

La junta de la tarde fue tranquila, en apariencia.
Nadie gritó.
Nadie amenazó.

—“Son indicaciones de arriba”.
—“A ver si ahora sí cumplimos todos”.

Un colega me susurró:

—Oye, ¿tú cuándo descansas?

Me reí.
Esa risa que uno usa cuando no quiere llorar frente a todos.

Esa noche abrí la laptop “solo para avanzar tantito”.
El WhatsApp volvió a sonar:

—“Profe, falta subir evidencia”.

Ahí lo pensé sin adornos:

Me encanta ser maestro… pero no soporto esto.

Y luego vino la culpa.

No tomé ninguna decisión esa noche.
Pero algo cambió:
dejé de pensar que el problema era yo.


Historia 3

“Profe Javier, se lo mando porque ya me alcanzó el cansancio”

Profe Javier,

Le escribo porque sigo Chisme Pedagógico desde hace meses y porque hoy ya no traigo fuerzas para guardarme esto.
Soy docente de preparatoria en una escuela pública.

En papel trabajo 25 horas.
En la vida real siento que vivo aquí.

Atiendo a más de 200 alumnos.
Me gusta dar clase, pero últimamente el agotamiento se me nota en la cara antes de llegar al salón.

Llego temprano. Siempre.
Mientras la escuela está medio vacía, yo ya voy repasando actividades, grupos, pendientes.

El día avanza.
El salón se llena.
Se vacía.
Vuelve a llenarse.

Y cada día siento que me canso más y tolero menos.

Entre clase y clase, el celular vibra:

—“Profe, mi hija anda mal, ¿puede hablar con usted?”

Escucho.
Acompaño.
Me importa.

Pero cada historia se me va quedando encima.

La temporada de evaluación llega como tsunami.
Revisar trabajos de más de 200 alumnos no es pesado… es infinito.

—Profe, ¿por qué me bajó puntos?
—Profe, si entregué todo, ¿por qué no tengo 10?

Explicar.
Contener.
Justificar.
Sin perder la paciencia.

Un día, en una junta, me sorprendí desconectada.
No distraída.
Cansada.

Pensé:

No es que no me guste enseñar… es que ya no me alcanza la energía.

No he pedido licencia.
No he renunciado.
Pero sí acepté algo importante:

No es flojera.
No es falta de vocación.
Mi cuerpo está avisando.


Cierre

Estas historias no buscan conclusiones.
Buscan compañía.

Si te viste en alguna línea, no estás exagerando.
Si alguna frase te dolió, no estás solo.

Contar esto también es parte de ser docente.