¿Para qué sirve la escuela si todo está en el celular?
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Cuando una persona puede buscar información, aprender procedimientos o preguntar a una inteligencia artificial desde su celular, la escuela necesita justificar su función más allá de transmitir contenidos. Quizá su papel esté en ayudarnos a comprender, convivir y construir un mundo común.
Hay una pregunta que comienza a aparecer cada vez con mayor frecuencia dentro y fuera de las escuelas:
Si prácticamente cualquier información puede encontrarse desde un teléfono, ¿para qué necesitamos seguir yendo a la escuela?
La pregunta puede sonar provocadora, pero merece ser tomada en serio.
Un estudiante puede consultar una fecha histórica en segundos, encontrar una explicación matemática en YouTube, aprender una habilidad mediante un tutorial, traducir un texto automáticamente o pedirle a una inteligencia artificial que explique un concepto de distintas maneras.
La escuela ya no posee el monopolio del acceso al conocimiento.
Pero quizá nunca debimos reducir su función únicamente a eso.
Porque tener información disponible no significa comprenderla. Poder aprender algo por nuestra cuenta no elimina la necesidad de encontrarnos con otros. Y tener millones de respuestas tampoco nos dice automáticamente cuáles preguntas vale la pena formular.
La transformación contemporánea no necesariamente vuelve innecesaria a la escuela; obliga a preguntarnos qué tipo de institución educativa necesitamos cuando acceder a información dejó de ser su principal ventaja.
La pregunta por el futuro de la escuela comienza entonces con una pregunta mucho más antigua: ¿para qué educamos?
El cambio: la información dejó de estar concentrada en la escuela
¿Qué función tiene la escuela cuando toda la información parece estar disponible en un smartphone?
En una sociedad de acceso permanente a información, la escuela deja de justificarse únicamente como lugar para recibir contenidos y adquiere mayor importancia como espacio para interpretar conocimiento, desarrollar criterios, convivir con otras personas, construir experiencias comunes y aprender a participar críticamente en una sociedad compleja.
Ese desplazamiento no significa que los contenidos dejen de importar.
Significa que cambia su sentido.
Durante buena parte de la escolarización moderna, la institución educativa concentraba recursos difíciles de encontrar fuera de ella:
libros,
personas especializadas,
materiales,
laboratorios,
conocimientos organizados,
explicaciones sistemáticas.
Actualmente muchos de esos recursos pueden encontrarse fuera del edificio escolar.
Sin embargo, tener acceso no garantiza saber qué hacer con ellos.
Un estudiante puede encontrar veinte explicaciones diferentes sobre un acontecimiento histórico.
¿Puede reconocer sus perspectivas?
Puede recibir inmediatamente una respuesta de una inteligencia artificial.
¿Puede evaluar si tiene sentido?
Puede consultar cientos de videos sobre nutrición, política, ciencia o relaciones humanas.
¿Puede distinguir conocimiento fundamentado de una afirmación convincente pero falsa?
La abundancia informativa no elimina la necesidad educativa.
Modifica el problema.
¿Qué estamos empezando a notar?
Una parte de esta transformación ya está presente en nuestras aulas.
El profesor plantea una pregunta y alguien busca la respuesta en Google.
Se asigna una investigación y el grupo encuentra decenas de páginas sobre el tema.
Se solicita un texto y algunos estudiantes recurren a inteligencia artificial.
Se explica un procedimiento y alguien comenta que encontró otra manera de hacerlo en YouTube.
Estas situaciones pueden generar incomodidad porque desafían una estructura conocida:
el maestro pregunta;
el estudiante responde con aquello que aprendió.
Pero cuando la respuesta puede obtenerse inmediatamente, necesitamos preguntarnos qué estamos evaluando realmente.
Si una actividad puede resolverse copiando la primera respuesta encontrada, quizá el problema no sea únicamente el celular.
Quizá también debamos revisar qué tipo de experiencia intelectual estamos proponiendo.
Eso fue justamente parte de la discusión de ¿Qué función tiene la escuela cuando el conocimiento está en todas partes?: encontrar información y construir conocimiento no son actividades equivalentes.
Saber algo continúa siendo importante.
Pero también adquieren importancia otras capacidades:
relacionarlo,
contrastarlo,
argumentarlo,
contextualizarlo,
usarlo,
cuestionarlo.
Y sobre todo comprender cuándo una respuesta aparentemente sencilla está ocultando un problema más complejo.
¿Qué venía cambiando desde antes?
El smartphone no inició esta transformación.
Es solamente uno de sus momentos más visibles.
La relación entre sociedad, información y educación lleva siglos modificándose.
La escritura permitió conservar conocimientos más allá de la memoria individual.
La imprenta multiplicó los textos disponibles.
Las bibliotecas organizaron grandes colecciones.
La radio y la televisión ampliaron la circulación cultural.
Internet permitió publicar, buscar y compartir información a una escala inédita.
Las redes sociales añadieron otra modificación: ya no solamente accedemos a información, sino que participamos en sistemas donde las personas producen, comparten, comentan y redistribuyen contenidos.
Danah Boyd describe estos ambientes como públicos en red: espacios y colectivos configurados por la interacción entre personas, tecnologías y prácticas sociales. Su arquitectura modifica cómo circula la información y cómo nos relacionamos con ella.
Posteriormente, los teléfonos inteligentes integraron muchas de esas posibilidades en un objeto que llevamos prácticamente todo el día con nosotros.
Y más recientemente, la inteligencia artificial generativa introdujo otra ruptura.
Ya no solamente buscamos información.
Podemos conversar con sistemas capaces de sintetizarla y producir respuestas adaptadas a nuestras preguntas.
Pero incluso esta transformación tecnológica tiene antecedentes.
La cuestión de fondo continúa siendo:
¿qué sucede con la educación cuando cambia nuestra relación con el conocimiento?
¿Por qué está ocurriendo?
Porque varias transformaciones están convergiendo al mismo tiempo.
La digitalización permitió almacenar cantidades gigantescas de información.
Internet redujo las barreras para distribuirla.
Las plataformas facilitaron que prácticamente cualquier persona pudiera producir contenidos.
Los algoritmos comenzaron a organizar qué vemos.
Los smartphones volvieron portátil esa infraestructura.
Y la inteligencia artificial facilita nuevas formas de interactuar con ella.
Pero reducir todo esto a tecnología sería insuficiente.
También han cambiado las expectativas culturales.
Esperamos respuestas inmediatas.
Nos acostumbramos a aprender cuando surge la necesidad.
Consultamos antes de memorizar.
Comparamos fuentes.
Seguimos personas que enseñan fuera de instituciones educativas.
Construimos comunidades alrededor de intereses específicos.
Y cada vez resulta más difícil separar completamente nuestra experiencia presencial de nuestra vida digital.
Esto conecta con ¿Qué significa enseñar a estudiantes que crecieron en un mundo distinto?
Los estudiantes actuales no pertenecen biológicamente a una especie diferente.
Viven bajo condiciones culturales diferentes.
Y eso importa.
boyd advierte precisamente contra la idea simplificadora de que haber nacido rodeado de tecnología convierta automáticamente a todos los jóvenes en expertos digitales. La experiencia tecnológica está atravesada por habilidades, oportunidades y desigualdades.
Un estudiante puede utilizar extraordinariamente bien TikTok y no saber evaluar una fuente.
Puede navegar rápidamente por internet y no comprender cómo funciona un algoritmo.
Puede utilizar inteligencia artificial y no reconocer cuándo una respuesta necesita ser cuestionada.
Por eso el acceso tecnológico no sustituye automáticamente a la educación.
Tensiones y emergencias
La escuela contemporánea queda situada dentro de una contradicción.
Por una parte, sigue operando muchas veces como si la información fuera escasa.
Por otra, los estudiantes viven en un entorno donde la información parece infinita.
Esta tensión puede observarse cuando pedimos memorizar información fácilmente accesible y alguien pregunta:
“¿Para qué tengo que aprender esto si puedo buscarlo?”
La pregunta no debería descartarse.
Pero tampoco aceptar como conclusión que ya no necesitamos saber nada.
Para buscar necesitamos saber qué buscar.
Para interpretar necesitamos conocimientos previos.
Para detectar un error necesitamos algún marco de referencia.
Para cuestionar una respuesta necesitamos comprender el problema.
No existe pensamiento crítico completamente vacío de conocimiento.
Por eso quizá el problema no sea elegir entre memoria y Google.
Ni entre profesor e inteligencia artificial.
Ni entre libro y teléfono.
La cuestión consiste en pensar qué relación queremos construir con todos esos recursos.
Y ahí aparece una diferencia fundamental.
Las plataformas pueden ofrecer información.
La escuela puede convertir esa información en objeto de reflexión colectiva.
Puede preguntar:
¿Por qué creemos esto?
¿Cómo podríamos demostrarlo?
¿Qué perspectivas faltan?
¿De dónde proviene esta afirmación?
¿Qué consecuencias tendría aceptarla?
¿Quién se beneficia de esta interpretación?
Ese movimiento cambia profundamente la experiencia.
De encontrar respuestas a aprender a formular preguntas
Vivimos en una época extraordinariamente buena para encontrar respuestas.
Quizá por eso aprender a formular preguntas adquiera mayor importancia.
Preguntar no consiste solamente en colocar palabras dentro de un buscador.
Una pregunta profunda implica reconocer un problema.
Percibir una contradicción.
Identificar algo que todavía no comprendemos.
Relacionar elementos que parecían separados.
Imaginar posibilidades.
La escuela podría ser precisamente uno de los lugares donde aprender a construir ese tipo de preguntas.
No porque los docentes deban poseer todas las respuestas.
Sino porque pueden ayudar a sostener procesos donde una pregunta no necesita resolverse inmediatamente.
Eso requiere otra relación con el tiempo.
Frente a la respuesta instantánea, la escuela puede decir:
todavía no sabemos.
Necesitamos investigar.
Volvamos a leer.
Escuchemos otra interpretación.
Probemos.
Nos equivocamos.
Intentemos nuevamente.
Esta lentitud podría parecer una desventaja dentro de una cultura acelerada.
Pero algunas formas de comprensión solamente aparecen después de convivir durante cierto tiempo con un problema.
La escuela también sirve para encontrarnos con otros
Sin embargo, reducir la función escolar al pensamiento crítico seguiría siendo insuficiente.
La escuela no es solamente una institución del conocimiento.
También es una institución social.
Niños y jóvenes pasan años compartiendo espacios con otras personas.
Ahí conocen amistades.
Tienen conflictos.
Negocian límites.
Experimentan diferencias.
Descubren que otras personas no piensan igual.
Aprenden —a veces de maneras difíciles— que formar parte de una comunidad exige algo más que afinidad.
Esta dimensión adquiere especial importancia dentro de una sociedad conectada.
En ¿Qué puede ofrecer la escuela que las redes sociales no pueden ofrecer? analizamos precisamente una posibilidad particular: la escuela puede reunir deliberadamente a personas que no se eligieron mutuamente.
Esto no ocurre siempre de manera armoniosa.
Pero tiene potencial educativo.
En internet podemos construir comunidades extraordinarias alrededor de intereses compartidos.
boyd muestra que las redes sociales funcionan precisamente como espacios importantes de socialización juvenil y que, para muchos adolescentes, complementan y prolongan sus relaciones presenciales.
La escuela ofrece otra condición.
Compartir un espacio incluso cuando no coincidimos.
Eso obliga a desarrollar capacidades que también necesita una sociedad democrática:
escuchar,
negociar,
argumentar,
reconocer límites,
cooperar,
gestionar conflictos.
Ningún teléfono puede garantizar ese aprendizaje.
Aunque tampoco la escuela lo garantiza simplemente por existir.
Tiene que construirlo.
Una institución para encontrarnos con aquello que no buscábamos
Existe otra función especialmente interesante.
Los algoritmos intentan predecir qué podría interesarnos.
Nos recomiendan música semejante a la que escuchamos.
Videos relacionados con lo que vimos.
Personas que podríamos querer seguir.
Contenidos que probablemente mantengan nuestra atención.
Eso puede producir experiencias increíbles de descubrimiento.
Pero la educación también necesita introducirnos a cosas que no sabíamos que podían interesarnos.
Un estudiante puede descubrir una novela que nunca habría buscado.
Una pregunta filosófica.
Una cultura distante.
Un problema científico.
Una interpretación histórica incómoda.
Una expresión artística extraña.
Una manera distinta de vivir.
La escuela puede convertirse en una puerta hacia mundos que nuestro comportamiento previo todavía no permite anticipar.
Eso tiene un enorme valor formativo.
Porque educar no consiste solamente en ayudarnos a desarrollar aquello que ya somos.
También implica encontrarnos con posibilidades de ser, pensar y comprender que todavía desconocemos.
La escuela como construcción de un mundo común
Quizá aquí llegamos a una de las funciones más profundas.
Una sociedad conectada no necesariamente es una sociedad integrada.
Podemos compartir infraestructura tecnológica y habitar universos culturales muy distintos.
Cada persona recibe información diferente.
Sigue comunidades diferentes.
Consume contenidos diferentes.
Interpreta acontecimientos desde referentes diferentes.
Esta pluralidad puede ser enormemente valiosa.
Pero también plantea un problema:
¿dónde construimos algo común?
No algo idéntico.
Algo compartido.
La escuela puede ser uno de esos lugares.
Un espacio donde diferentes personas leen el mismo texto y construyen interpretaciones distintas.
Donde analizan un problema común.
Donde descubren una historia colectiva.
Donde participan en un proyecto.
Donde aprenden que sus decisiones afectan a otros.
Donde comprenden que formar parte de una sociedad implica convivir con quienes no comparten todas nuestras ideas.
Eso conecta con otro cambio analizado en esta serie: ¿Qué cambia en la relación entre docentes y estudiantes?
El docente deja de ser únicamente alguien que posee información.
Puede convertirse también en quien ayuda a sostener este espacio común:
orienta,
media,
plantea problemas,
introduce perspectivas,
acompaña,
pone límites,
abre conversaciones.
La autoridad pedagógica puede adquirir sentido precisamente desde esa responsabilidad.
Lo que todavía no terminamos de comprender
Sería cómodo terminar declarando que esta es definitivamente la nueva función de la escuela.
Pero todavía estamos dentro de la transformación.
No sabemos cómo cambiará nuestra relación con la inteligencia artificial durante los próximos años.
No sabemos qué nuevas plataformas aparecerán.
No sabemos qué formas de aprendizaje informal surgirán.
Tampoco sabemos qué funciones escolares podrían desarrollarse fuera de edificios tradicionales.
Quizá algunas fronteras entre educación formal e informal continúen difuminándose.
También debemos reconocer que la escuela real está lejos de cumplir siempre todas las posibilidades que describimos.
Puede excluir.
Puede aburrir.
Puede reproducir desigualdades.
Puede convertirse en cumplimiento burocrático.
Puede transmitir información sin comprensión.
Puede dificultar precisamente el diálogo que debería favorecer.
Por eso defender la función social de la escuela no puede convertirse en defender automáticamente cualquier forma escolar existente.
La pregunta crítica debe mantenerse:
¿Qué escuela?
¿Para quién?
¿Bajo qué condiciones?
¿Con qué experiencias?
¿Para construir qué tipo de sociedad?
Lo importante no es solo el smartphone
Puede que el teléfono sea solamente la superficie visible de una transformación mucho más amplia.
Debajo aparecen preguntas sobre conocimiento.
Sobre comunidad.
Sobre autoridad.
Sobre atención.
Sobre cultura.
Sobre ciudadanía.
Sobre identidad.
Sobre el tipo de relaciones humanas que queremos construir.
Por eso quizá sea poco productivo convertir el smartphone en enemigo.
Prohibirlo puede resolver determinados problemas concretos.
Integrarlo puede permitir determinadas experiencias.
Pero ninguna de las dos decisiones responde por sí sola a la pregunta de fondo.
La cuestión no es si el conocimiento cabe dentro de un teléfono.
Gran parte de la información, efectivamente, puede caber ahí.
La cuestión es qué necesita una persona para vivir significativamente entre toda esa información.
Necesita conocimientos.
Pero también criterios.
Relaciones.
Experiencias.
Preguntas.
Referentes.
Contrastes.
Responsabilidad.
Posibilidad de construir algo junto con otros.
Y esa podría ser una de las razones por las que seguimos necesitando espacios educativos.
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Preguntas para pensar
🧠 Nivel cultural
¿Qué cambia en una sociedad cuando cada persona puede acceder a enormes cantidades de información, pero no necesariamente comparte los mismos referentes con quienes la rodean?
🏫 Nivel educativo
Si transmitir información ya no puede ser la principal justificación de la escuela, ¿qué experiencias debería garantizar una institución educativa contemporánea?
🔍 Nivel crítico
Cuando preguntamos si la escuela sigue siendo útil, ¿estamos cuestionando la educación o una forma histórica específica de organizarla?
👥 Nivel humano
¿Qué experiencias necesitamos vivir junto a otras personas que difícilmente podrían sustituirse únicamente con acceso individual a información y tecnología?
Reflexión final
Esta serie comenzó preguntándonos qué significa enseñar cuando los estudiantes han crecido bajo condiciones diferentes.
Después observamos cómo se transforma la relación entre docentes y estudiantes.
Nos preguntamos qué función tiene la escuela cuando el conocimiento está en todas partes.
Y exploramos qué puede ofrecer la escuela que las redes sociales no pueden ofrecer.
Todas esas preguntas desembocan finalmente aquí.
Quizá el gran cambio no consista en que la escuela haya dejado de servir.
Consiste en que algunas de las razones históricas que utilizábamos para justificarla ya no resultan suficientes.
Hoy una persona puede encontrar información sin entrar a un aula.
Puede aprender procedimientos.
Puede encontrar comunidades.
Puede expresarse públicamente.
Puede conversar con sistemas capaces de responder preguntas complejas.
Eso nos obliga a justificar la escuela desde un lugar más profundo.
No solamente como lugar de transmisión.
Sino como institución cultural donde una sociedad puede decidir qué conocimientos merece la pena conservar y discutir, qué experiencias quiere ofrecer a las nuevas generaciones y qué formas de convivencia necesita construir.
La respuesta seguirá cambiando.
Y probablemente deba hacerlo.
Porque la escuela nunca existe fuera de la sociedad que intenta educar.
Quizá la escuela siga siendo necesaria no porque nuestros estudiantes no tengan acceso al mundo, sino porque necesitan espacios para aprender a comprenderlo y construirlo junto con otros.
Otras conversaciones
📚 Macro Serie. Comprender a las Nuevas Generaciones
📚 Serie. La escuela y las nuevas generaciones
📌 ¿Qué significa enseñar a estudiantes que crecieron en un mundo distinto?
📌 ¿Qué cambia en la relacion entre docentes y estudiantes?
📌 ¿Qué función tienen la escuela cuando el conocimiento está en todas partes?
📌 ¿Qué puede ofrecer la escuela que las redes sociales no pueden ofrecer?
📌 ¿Para qué sirve la escuela en una sociedad que tiene toda la información en su smartphone?
