¿Qué cambia en la relación entre docentes y estudiantes?
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La relación entre docentes y estudiantes no desaparece ni pierde necesariamente su sentido: está siendo atravesada por nuevas formas de autoridad, comunicación, exposición, acceso al conocimiento y construcción de identidad.
Durante mucho tiempo, la relación entre docentes y estudiantes se organizó dentro de un marco relativamente reconocible.
El maestro ocupaba una posición institucional clara. Era quien enseñaba, evaluaba, orientaba y, en muchos casos, concentraba una parte importante del acceso al conocimiento escolar. El estudiante, por su parte, participaba dentro de una estructura donde los roles estaban definidos de manera bastante visible.
Esa relación nunca fue simple ni completamente estable. Siempre estuvo atravesada por confianza, conflicto, expectativas, jerarquías, afectos, normas y diferencias culturales.
Pero actualmente algunas de sus condiciones están cambiando.
Los estudiantes pueden contrastar inmediatamente lo que escuchan en clase, acceder a explicaciones externas, conocer aspectos de la vida pública de sus profesores, comunicarse en espacios digitales y participar en culturas donde la autoridad ya no se concede automáticamente por ocupar una posición institucional.
Al mismo tiempo, los docentes continúan teniendo responsabilidades que no desaparecen porque cambie la cultura.
Lo que parece estar transformándose no es la necesidad de una relación pedagógica, sino las condiciones bajo las cuales esa relación puede construirse y sostenerse.
Comprender ese cambio exige ir más allá de la idea de que “antes los alumnos respetaban y ahora ya no”.
El cambio: una relación docente-estudiante menos contenida por el aula
La relación entre docentes y estudiantes está cambiando porque ya no se desarrolla exclusivamente dentro de los límites físicos, informativos y simbólicos de la escuela. Las tecnologías digitales, nuevas formas de socialización y el acceso distribuido al conocimiento amplían los contextos en los que ambos se observan, interactúan y construyen expectativas mutuas.
Esto no significa que profesor y estudiante hayan dejado de ocupar posiciones diferentes.
La relación educativa sigue siendo asimétrica: el docente conserva responsabilidades institucionales, pedagógicas y éticas que el estudiante no tiene.
Pero esa asimetría convive ahora con otras transformaciones.
Un estudiante puede saber algo que su profesor desconoce.
Puede cuestionar una explicación después de consultar otras fuentes.
Puede encontrar el perfil digital de quien le enseña.
Puede relacionarse con especialistas, creadores o comunidades alrededor de un tema sin pasar por la escuela.
Y puede interpretar las acciones de sus docentes desde referencias culturales que probablemente no comparten.
Si en el artículo anterior nos preguntábamos ¿Qué significa enseñar a estudiantes que crecieron en un mundo distinto?, aquí aparece una consecuencia directa: cuando las condiciones culturales cambian, también pueden modificarse las expectativas desde las que docentes y estudiantes se relacionan.
¿Qué estamos empezando a notar?
Parte del cambio aparece en escenas aparentemente pequeñas.
Un docente explica un concepto y un estudiante responde:
“Pero yo vi que…”.
Otro pregunta por qué debe realizar una actividad si puede encontrar la respuesta en internet.
Algún alumno espera una retroalimentación más cercana y personalizada mientras otro interpreta cualquier intervención del profesor como una intromisión.
También sucede lo contrario.
Docentes que esperan determinadas formas de saludo, atención o participación pueden interpretar como falta de respeto comportamientos que para algunos estudiantes tienen significados distintos.
No significa que toda norma de convivencia haya perdido sentido.
Significa que las reglas de interacción no siempre están siendo interpretadas de la misma manera por quienes participan en ella.
Erving Goffman ofrece una lente interesante para comprender este problema. Su perspectiva parte de que, en una interacción, las personas intentan obtener información sobre quienes tienen delante para definir la situación y saber qué pueden esperar unas de otras. También ajustan su comportamiento según el escenario, los roles y las impresiones que buscan producir.
En el aula sucede algo semejante.
Docentes y estudiantes interpretan constantemente:
qué comportamiento corresponde,
qué significa determinada acción,
qué autoridad posee cada participante,
qué puede decirse,
cómo debe presentarse uno ante los demás.
Lo novedoso no es que esas negociaciones existan.
Lo novedoso es que actualmente los marcos desde los que se interpretan pueden ser más heterogéneos.
¿Qué venía cambiando desde antes?
Sería demasiado fácil atribuir esta transformación únicamente a TikTok, WhatsApp o los teléfonos inteligentes.
La relación entre docentes y estudiantes lleva décadas modificándose.
Los cambios culturales en torno a la infancia y adolescencia, los derechos de niñas, niños y jóvenes, la democratización de las relaciones familiares, la expansión educativa, nuevas concepciones pedagógicas y transformaciones en las formas de ejercer autoridad ya habían comenzado a cuestionar modelos fuertemente verticales.
También cambió la relación social con el conocimiento.
La escuela dejó progresivamente de ser uno de los pocos lugares donde encontrar información especializada. Bibliotecas, televisión, internet, buscadores, plataformas educativas, videos y ahora sistemas de inteligencia artificial ampliaron radicalmente las fuentes disponibles.
Eso no elimina el valor del conocimiento docente.
Pero modifica una de las condiciones sobre las que históricamente se construyó parte de su legitimidad.
El profesor ya no puede sostener toda su autoridad simplemente en:
“yo sé y tú no”.
Esa transformación conecta directamente con otra pregunta de esta serie: ¿Qué función tiene la escuela cuando el conocimiento está en todas partes?
El acceso a información no vuelve innecesaria a la escuela.
Pero sí obliga a distinguir entre disponer de información y aprender a interpretarla, discutirla, contextualizarla y convertirla en conocimiento.
Quizá ahí también comienza a desplazarse el lugar del docente.
¿Por qué está ocurriendo?
No existe una sola causa.
Una parte tiene relación con las tecnologías digitales.
Danah Boyd muestra que los espacios digitales funcionan como públicos en red: entornos donde personas, tecnologías y prácticas sociales se articulan bajo condiciones diferentes a las de una interacción exclusivamente presencial.
Allí aparecen propiedades como persistencia, replicabilidad, escalabilidad y posibilidad de búsqueda.
Una conversación puede permanecer.
Una fotografía puede circular.
Un comentario puede alcanzar públicos inesperados.
Una actuación que originalmente pertenecía a un contexto puede terminar siendo interpretada en otro.
boyd analiza esto mediante la idea de colapso de contextos: situaciones donde públicos que normalmente permanecerían separados coinciden y obligan a una persona a gestionar simultáneamente expectativas sociales diferentes. En el caso de adolescentes, incluso menciona la posibilidad de que docentes accedan a expresiones originalmente dirigidas a amistades.
Eso introduce una condición particular para la relación educativa contemporánea.
El profesor puede dejar de existir exclusivamente como “profesor” ante sus estudiantes.
Puede aparecer también como usuario de Facebook, creador de TikTok, participante de una discusión pública o persona con vida digital observable.
Y el estudiante también puede hacerse visible fuera del papel institucional de “alumno”.
Los escenarios se mezclan.
Pero las plataformas constituyen solo una parte.
También influyen transformaciones culturales relacionadas con autoridad, individualización, expectativas de participación, reconocimiento de la voz juvenil y formas más horizontales de comunicación.
Por eso reducir todo a “las redes sociales cambiaron a los alumnos” sería perder buena parte del fenómeno.
Tensiones y emergencias
Aquí aparece una contradicción especialmente interesante.
La relación educativa necesita cierta autoridad.
Pero autoridad y obediencia automática no son exactamente lo mismo.
Una escuela sin ninguna estructura difícilmente podría sostener procesos colectivos de enseñanza, convivencia y cuidado.
Al mismo tiempo, una autoridad basada únicamente en posición, distancia o imposición puede encontrar mayores resistencias dentro de culturas donde las jerarquías son constantemente cuestionadas.
Esto no significa que toda relación docente deba convertirse en amistad.
Tampoco que el estudiante tenga siempre la razón.
La horizontalidad absoluta puede ser tan problemática como el autoritarismo, porque docente y estudiante no ocupan el mismo lugar ni poseen las mismas responsabilidades.
La tensión está precisamente ahí:
¿Cómo construir cercanía sin borrar los límites?
¿Cómo ejercer autoridad sin convertirla necesariamente en imposición?
¿Cómo escuchar al estudiante sin renunciar a orientar?
¿Cómo aceptar que el docente puede equivocarse sin vaciar su papel pedagógico?
El propio marco del ecosistema plantea una idea útil: la autoridad puede construirse desde conocimiento fundamentado, honestidad intelectual, reflexión y apertura al diálogo, no únicamente desde certezas absolutas.
Esto no significa renunciar a la autoridad.
Significa preguntarnos de qué está hecha.
Puede ser que una parte de la autoridad contemporánea dependa menos de aparentar que se posee toda respuesta y más de mostrar criterios para pensar, orientar y sostener una situación educativa.
Aquí existe una frontera importante con otro artículo ya desarrollado en el hub sobre si la escuela perdió autoridad. Ese texto problematiza el discurso social sobre la pérdida de respeto. Este artículo, en cambio, se concentra en algo diferente: cómo se está reconfigurando el vínculo pedagógico cuando cambian las condiciones culturales de interacción.
Cuando docentes y estudiantes se observan desde más lugares
Hay otra transformación menos evidente.
Antes, buena parte de la relación entre un estudiante y su profesor estaba contenida institucionalmente.
Se conocían principalmente en clase.
Quizá coincidían ocasionalmente fuera de la escuela, pero los contextos estaban relativamente diferenciados.
Hoy esas fronteras pueden volverse más porosas.
No hace falta que docente y estudiante sean “amigos” en redes sociales.
Basta con que exista la posibilidad de encontrarse mediante una búsqueda, un video compartido, una fotografía, una cuenta pública o una conversación que circule fuera del espacio original.
Goffman resulta particularmente sugerente aquí.
Su enfoque dramatúrgico observa cómo ajustamos nuestra presentación ante diferentes públicos y cómo cada situación ayuda a definir el papel que desempeñamos.
Las plataformas complican este orden porque públicos diferentes pueden encontrarse frente a la misma actuación.
boyd señala que los adolescentes han tenido que aprender precisamente a navegar esos contextos colapsados y audiencias difíciles de anticipar.
Los docentes también.
Esto puede modificar la relación.
El estudiante descubre que el profesor existe más allá del personaje institucional.
El docente accede a dimensiones del estudiante que antes quizá nunca hubiera observado.
Esa visibilidad puede producir cercanía.
También incomodidad.
Y exige nuevas preguntas sobre privacidad, límites y responsabilidad.
Lo que todavía no terminamos de comprender
Todavía sabemos poco sobre qué partes de esta transformación serán permanentes.
Es posible que algunas tensiones que hoy atribuimos a las nuevas generaciones sean expresiones contemporáneas de conflictos históricos entre adultos y jóvenes.
La resistencia a la autoridad no nació con TikTok.
Los estudiantes siempre han negociado reglas, desafiado expectativas y construido culturas propias.
La diferencia puede estar en las condiciones bajo las que esas prácticas ocurren y se vuelven visibles.
Tampoco deberíamos asumir que existe una única nueva relación docente-estudiante.
Un aula rural, una secundaria urbana, una universidad, una escuela privada y una comunidad con acceso digital limitado pueden experimentar configuraciones muy diferentes.
Las diferencias económicas, culturales, institucionales y generacionales siguen importando.
Además, no todos los estudiantes demandan horizontalidad.
No todos los docentes ejercen autoridad de la misma manera.
No todas las plataformas producen las mismas formas de interacción.
Y ningún cambio cultural ocurre de manera homogénea.
Esto obliga a conservar cierta humildad.
Podemos observar transformaciones.
Pero sería precipitado convertirlas inmediatamente en una teoría universal sobre “cómo son los estudiantes de ahora”.
Lo importante no es solo el cambio
La cuestión de fondo quizá no sea únicamente cómo está cambiando la relación entre docentes y estudiantes.
También importa preguntarnos qué tipo de relación educativa queremos construir.
Una cultura más conectada no garantiza automáticamente relaciones más democráticas.
Puede producir nuevas formas de vigilancia, exposición, comparación y conflicto.
Tener más canales para comunicarnos tampoco significa necesariamente comprendernos mejor.
Al mismo tiempo, la posibilidad de escuchar otras voces, contrastar información y reconocer al estudiante como sujeto de experiencia puede abrir formas diferentes de relación pedagógica.
Ahí aparece otra pregunta que desarrollaremos después: ¿Qué puede ofrecer la escuela que las redes sociales no pueden ofrecer?
Quizá una respuesta posible tenga que ver precisamente con la calidad de los vínculos.
La escuela puede ser uno de los pocos lugares donde personas diferentes deben aprender a convivir sin haber sido seleccionadas previamente por afinidad, seguidores o recomendaciones algorítmicas.
Docentes y estudiantes comparten un espacio donde el vínculo no se construye únicamente porque se hayan elegido mutuamente.
Eso puede generar conflicto.
Pero también puede tener un valor educativo profundo.
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Preguntas para pensar
🧠 Nivel cultural
¿Qué cambios sociales en nuestra manera de relacionarnos con la autoridad también están entrando hoy al aula?
🏫 Nivel educativo
¿Qué necesita conservar la relación entre docentes y estudiantes y qué podría necesitar transformarse?
🔍 Nivel crítico
Cuando interpretamos una conducta como falta de respeto, ¿estamos observando únicamente al estudiante o también un cambio en las expectativas desde las que ambos interpretamos la relación?
👥 Nivel humano
¿Cómo construir vínculos de confianza y escucha sin borrar las diferencias de responsabilidad que existen entre un docente y un estudiante?
Reflexión final
Decir que la relación entre docentes y estudiantes está cambiando no significa afirmar que antes funcionaba perfectamente ni que ahora se encuentra en crisis permanente.
Significa reconocer una reconfiguración.
Cambian los contextos desde los que estudiantes y docentes se observan.
Cambian algunas expectativas sobre autoridad.
Cambian las formas de acceder al conocimiento.
Cambian los límites entre espacios presenciales y digitales.
Y cambian las maneras en las que interpretamos cercanía, respeto, participación y legitimidad.
La respuesta probablemente no consiste en recuperar mecánicamente una autoridad del pasado ni en eliminar toda diferencia entre profesor y estudiante.
La relación educativa seguirá necesitando límites, responsabilidades y orientación.
Pero quizá necesitemos comprender mejor qué condiciones permiten que esa autoridad sea reconocida dentro de una cultura diferente.
Porque enseñar no ocurre únicamente cuando alguien transmite un contenido.
Ocurre también en la relación desde la que ese contenido puede ser escuchado, discutido, cuestionado y convertido en experiencia educativa.
Tal vez la pregunta ya no sea cómo recuperar la relación docente-estudiante de antes, sino qué relación necesitamos construir para la escuela que estamos habitando ahora.







