¿Qué significa enseñar a estudiantes de un mundo distinto?
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Enseñar a los estudiantes de hoy implica reconocer que crecieron en condiciones culturales, sociales y tecnológicas distintas. El reto no es idealizar el pasado ni celebrar todo cambio, sino comprender qué significa educar dentro de esta nueva realidad.
Durante mucho tiempo, cada generación de docentes ha tenido que enfrentarse a estudiantes que crecieron en circunstancias diferentes a las propias.
Eso, en sí mismo, no es nuevo.
Lo que parece adquirir otra dimensión en las últimas décadas es la velocidad y profundidad con la que algunas de esas condiciones están transformándose.
Un docente adulto puede recordar una infancia donde la escuela, la familia, la televisión y el barrio organizaban buena parte de su experiencia cotidiana. Internet podía no existir todavía, aparecer lentamente o representar simplemente una herramienta adicional.
Muchos estudiantes actuales, en cambio, han crecido en un mundo donde las relaciones sociales pueden continuar después de salir de la escuela, donde una pregunta puede consultarse inmediatamente en internet, donde las referencias culturales circulan a través de plataformas globales y donde una parte de la experiencia de pertenecer, relacionarse y presentarse ante los demás ocurre también mediante espacios digitales.
Eso no significa que todos los jóvenes sean iguales ni que posean automáticamente extraordinarias habilidades tecnológicas. Danah Boyd advierte precisamente contra esa idea: haber crecido rodeado de tecnología no convierte automáticamente a alguien en un usuario crítico, informado o competente. Existen importantes diferencias de acceso, habilidades y experiencias incluso entre jóvenes de una misma generación.
Quizá el cambio educativo más importante no sea que tengamos estudiantes completamente diferentes, sino que estamos enseñando a personas que están creciendo bajo condiciones sociales diferentes.
Y esa distinción importa.
Porque permite dejar de preguntarnos únicamente qué les pasa a las nuevas generaciones para comenzar a preguntarnos qué está pasando con el mundo que todos estamos habitando.
El cambio: enseñar a estudiantes que crecieron en un mundo distinto
¿Qué significa enseñar a estudiantes que crecieron en un mundo distinto?
Significa reconocer que la experiencia educativa contemporánea ocurre en un contexto donde la socialización, el acceso a información, la construcción de identidad y las relaciones humanas ya no están delimitadas únicamente por espacios físicos como la familia, la escuela o el barrio. Las tecnologías digitales se integraron a la vida cotidiana y participan, junto con muchas otras condiciones culturales y sociales, en la manera en que los estudiantes interpretan y habitan el mundo.
La diferencia parece pequeña, pero modifica profundamente nuestra interpretación.
No estamos frente a una generación que abandonó mágicamente las formas anteriores de relacionarse o aprender para sustituirlas por una existencia exclusivamente digital.
Los adolescentes siguen buscando amistad, reconocimiento, pertenencia, autonomía y espacios donde convivir con otros.
Lo que cambió parcialmente son los ambientes donde esas experiencias pueden desarrollarse.
En sus investigaciones con adolescentes estadounidenses, boyd encontró precisamente esta continuidad. Las tecnologías digitales resultaban importantes para muchos jóvenes no simplemente por fascinación tecnológica, sino porque funcionaban como medios para mantenerse conectados con sus amistades y participar en espacios sociales propios.
Por eso enseñar hoy también requiere mirar más allá del dispositivo.
¿Qué estamos empezando a notar?
Parte de esta transformación aparece todos los días frente al docente.
Un estudiante consulta rápidamente una duda mientras se explica un tema.
Otro conoce un acontecimiento ocurrido a miles de kilómetros porque apareció en su TikTok.
Una discusión entre compañeros comienza durante el recreo, continúa en un grupo de WhatsApp y regresa al salón al día siguiente cargada de nuevas interpretaciones.
Una referencia cultural compartida por buena parte del grupo puede resultar completamente desconocida para el maestro.
Un alumno encuentra en YouTube una explicación distinta a la presentada en clase.
Ninguna de estas situaciones significa automáticamente que la escuela haya perdido importancia.
Pero muestran que dejó de operar dentro de un ambiente relativamente delimitado.
boyd utiliza el concepto de públicos en red para explicar espacios sociales configurados mediante tecnologías conectadas. No son simplemente lugares “virtuales”: surgen de la intersección entre personas, tecnologías y prácticas sociales. Además, poseen características particulares que modifican las condiciones de interacción.
La persistencia de lo publicado, la posibilidad de replicarlo, su potencial para alcanzar audiencias mayores y la capacidad de encontrarlo posteriormente son algunas de esas propiedades.
Esto tiene consecuencias educativas.
Una conversación escolar puede dejar rastros.
Una experiencia local puede adquirir visibilidad fuera de su contexto inicial.
Una identidad puede ser presentada ante públicos diferentes.
Y un estudiante puede participar simultáneamente en espacios escolares, familiares, digitales, recreativos y comunitarios.
Por eso una pregunta que tendremos que desarrollar con mayor profundidad es ¿Qué cambia en la relación entre docentes y estudiantes?
¿Qué venía cambiando desde antes?
Sería sencillo atribuir toda esta transformación al teléfono inteligente.
También sería equivocado.
La escuela nunca ha existido aislada de su contexto histórico.
La imprenta modificó las posibilidades de circulación del conocimiento. Los medios masivos transformaron referentes culturales. La urbanización reorganizó formas de convivencia. La televisión entró a los hogares. Los cambios familiares, laborales y económicos alteraron los tiempos y espacios de socialización.
Internet forma parte de una historia mucho más extensa.
Incluso dentro de la propia historia digital existen diferencias importantes.
boyd recuerda que para algunos de los primeros usuarios de internet conectarse podía representar una salida del entorno local: encontrar personas desconocidas que compartieran intereses específicos. Para muchos adolescentes que estudió posteriormente, en cambio, entrar a las redes sociales significaba precisamente continuar relacionándose con personas pertenecientes a su propia comunidad.
Lo digital dejó progresivamente de sentirse como un espacio extraordinario separado de la vida cotidiana.
Se integró a ella.
Y ese desplazamiento ayuda a explicar por qué algunas experiencias juveniles resultan difíciles de interpretar cuando se observan únicamente desde nuestras propias biografías.
No porque exista una frontera absoluta entre una generación analógica y otra digital.
De hecho, esa oposición puede ocultar más de lo que explica.
boyd cuestiona específicamente la idea de los “nativos digitales”: jóvenes aparentemente dotados, por haber nacido en determinado periodo histórico, de capacidades tecnológicas que los adultos no poseen. Las habilidades digitales no se distribuyen exclusivamente por edad y están atravesadas por oportunidades, acceso, acompañamiento y desigualdades.
La transformación, entonces, es histórica y cultural, no biológica.
¿Por qué está ocurriendo?
No existe una causa única.
Las plataformas digitales participan, pero no explican por sí mismas lo que está ocurriendo.
También intervienen cambios en la disponibilidad de información, transformaciones familiares, nuevas formas de entretenimiento, circulación acelerada de referencias culturales, desigualdades sociales, modificaciones en los espacios públicos disponibles para jóvenes y cambios en las posibilidades de convivencia presencial.
Uno de los hallazgos interesantes de boyd es precisamente que muchos adolescentes recurrían a las redes porque sus oportunidades de reunirse físicamente con amigos estaban limitadas por cuestiones de movilidad, tiempo, regulación adulta o acceso a determinados espacios públicos.
Desde esta perspectiva, las plataformas no simplemente sustituyen una sociabilidad presencial.
En ocasiones aparecen también como respuesta a transformaciones que ya estaban ocurriendo fuera de internet.
Algo similar sucede con el conocimiento.
Actualmente podemos acceder a explicaciones, tutoriales, discusiones, noticias, documentos y comunidades especializadas desde prácticamente cualquier lugar conectado.
Pero tener acceso a información no equivale a comprenderla.
boyd muestra esta tensión mediante Wikipedia: en lugar de limitarse a discutir si la plataforma es “buena” o “mala”, observa su potencial educativo para hacer visible cómo el conocimiento se construye, se discute, se corrige y se disputa.
Esto nos lleva directamente hacia otra pregunta de la serie: ¿Qué función tiene la escuela cuando el conocimiento está en todas partes?
Tensiones y emergencias
Aquí aparece probablemente la tensión más interesante.
Muchas estructuras escolares fueron construidas bajo condiciones culturales distintas de aquellas en las que actualmente viven los estudiantes.
Eso no significa que debamos destruir todo lo anterior.
Tampoco que la escuela sea una institución obsoleta.
Significa que comienzan a coexistir lógicas diferentes.
La escuela organiza tiempos definidos; internet funciona permanentemente.
El salón establece públicos relativamente identificables; las plataformas pueden conectar audiencias difíciles de anticipar.
El currículo selecciona y secuencia conocimiento; internet ofrece enormes cantidades de información sin necesariamente ofrecer criterios para interpretarla.
La escuela establece roles institucionales relativamente claros; los espacios digitales permiten que una misma persona participe simultáneamente como estudiante, creador, espectador, jugador, miembro de una comunidad o productor de contenidos.
Incluso la presentación frente a los demás adquiere nuevas condiciones.
Mucho antes de las redes sociales, Erving Goffman había propuesto pensar la interacción social atendiendo a cómo las personas se presentan ante otras, interpretan situaciones e intentan orientar las impresiones que producen.
La perspectiva conserva enorme utilidad, pero las condiciones del escenario se han complejizado.
boyd observa que los adolescentes gestionan diferentes contextos y audiencias en distintos espacios digitales y presenciales; no necesariamente están construyendo identidades completamente distintas, sino ajustando formas de presentarse según las normas y públicos de cada contexto.
La escuela forma ahora parte de ese entramado.
Ya no necesariamente contiene toda la experiencia social relevante del estudiante durante la jornada educativa.
Aquí empieza a volverse especialmente interesante preguntarnos ¿Qué puede ofrecer la escuela que las redes sociales no pueden ofrecer?
No para establecer una competencia entre escuela e internet.
Sino para identificar qué experiencias educativas adquieren todavía mayor importancia precisamente porque vivimos en un entorno profundamente conectado.
Lo que todavía no terminamos de comprender
Existe una tentación permanente de interpretar estos cambios demasiado rápido.
Decimos que los jóvenes tienen menos atención.
Que ya no leen.
Que quieren todo inmediatamente.
Que saben utilizar mejor la tecnología.
Que están desconectados del mundo real.
Que internet cambió completamente su manera de pensar.
Algunas de estas afirmaciones pueden señalar fenómenos que merece la pena investigar.
El problema aparece cuando las convertimos en explicaciones totales.
Las investigaciones de boyd sugieren precisamente cautela: algunas prácticas juveniles parecen radicalmente nuevas porque las tecnologías las vuelven más visibles, mientras que otras continúan necesidades históricas relacionadas con amistad, identidad, autonomía y pertenencia.
Todavía tampoco sabemos con suficiente claridad qué transformaciones permanecerán.
Las plataformas cambian.
Las prácticas se desplazan.
Las tecnologías que hoy parecen centrales pueden desaparecer dentro de algunos años.
Por eso probablemente resulte más útil observar procesos que aplicaciones concretas.
¿Qué sucede cuando las relaciones pueden continuar más allá del espacio físico?
¿Qué ocurre cuando producir información se vuelve más accesible?
¿Qué implica construir identidad ante públicos múltiples?
¿Qué significa aprender cuando las fuentes de conocimiento se multiplican?
Son preguntas menos espectaculares.
Pero quizá más importantes.
Lo importante no es solo el cambio
Hablar de nuevas generaciones puede hacernos creer que el objeto de análisis son únicamente los jóvenes.
Sin embargo, esta transformación también nos incluye.
Los docentes utilizamos plataformas.
Los adultos construimos identidades digitales.
Las familias participan en grupos de mensajería.
La información circula constantemente alrededor de nosotros.
Todos estamos aprendiendo, con diferentes trayectorias y recursos, a vivir dentro de ambientes culturales conectados.
Por eso la pregunta no debería formularse únicamente así:
¿Qué debemos hacer con estos nuevos estudiantes?
Tal vez necesitamos una pregunta diferente:
¿Qué clase de escuela necesitamos construir cuando estudiantes, docentes y comunidades están viviendo una transformación cultural que todavía no termina?
Desde ahí cobra sentido otra reflexión que desarrollaremos en esta serie: ¿Para qué sirve la escuela en una sociedad profundamente conectada?
Quizá enseñar a estudiantes que crecieron en un mundo distinto no exija abandonar todo lo que sabemos sobre educación.
Puede exigir algo más difícil.
Aprender a distinguir qué sigue siendo valioso, qué necesita reinterpretarse y qué nuevas preguntas aparecen cuando la realidad cambia alrededor de nuestras instituciones.
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Preguntas para pensar
🧠 Nivel cultural
¿Qué experiencias que para generaciones anteriores ocurrían principalmente en espacios físicos hoy se desarrollan también mediante entornos conectados?
🏫 Nivel educativo
¿Qué aspectos de nuestra forma de enseñar responden todavía a condiciones culturales que han comenzado a transformarse?
🔍 Nivel crítico
Cuando atribuimos una conducta a “las nuevas generaciones”, ¿estamos describiendo realmente una característica generacional o una transformación social más amplia?
👥 Nivel humano
¿Qué podríamos comprender de nuestros estudiantes si, antes de juzgar sus prácticas, intentáramos conocer los espacios, relaciones y tensiones que forman parte de su vida cotidiana?
Reflexión final
Cada generación mira a la siguiente desde una experiencia que ya pertenece parcialmente a otro mundo.
Eso produce distancia.
A veces también preocupación.
El problema comienza cuando esa distancia se convierte automáticamente en juicio.
Comprender a los estudiantes actuales no implica romantizar sus prácticas, asumir que todo cambio tecnológico es positivo ni renunciar a la responsabilidad adulta de educar.
Implica reconocer que ninguna práctica educativa ocurre fuera de la historia.
Las relaciones, las tecnologías, las instituciones, las formas de acceder al conocimiento y las maneras de construir comunidad están modificándose mientras seguimos enseñando.
La escuela también forma parte de ese movimiento.
Quizá por eso el desafío no consista simplemente en adaptar la educación a cada novedad que aparece.
Consista en aprender a mirar qué está cambiando, qué permanece y qué experiencias humanas queremos seguir construyendo en medio de esa transformación.
Antes de decidir cómo enseñar a las nuevas generaciones, quizá necesitamos comprender mejor el mundo en el que están aprendiendo a vivir.
Otras conversaciones
📚 Macro Serie. Comprender a las Nuevas Generaciones
📚 Serie. La escuela y las nuevas generaciones
📌 ¿Qué significa enseñar a estudiantes que crecieron en un mundo distinto?
📌 ¿Qué cambia en la relacion entre docentes y estudiantes?
📌 ¿Qué función tienen la escuela cuando el conocimiento está en todas partes?
📌 ¿Qué puede ofrecer la escuela que las redes sociales no pueden ofrecer?
📌 ¿Para qué sirve la escuela en una sociedad que tiene toda la información en su smartphone?







