¿Por qué cada vez parece más difícil aburrirnos?
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Esperar sin hacer nada parece cada vez menos inevitable. Llevamos en el bolsillo una puerta hacia conversaciones, videos, música, noticias y juegos capaces de ocupar casi cualquier pausa. Pero quizá la pregunta no sea si hemos eliminado el aburrimiento, sino qué estamos haciendo con esos momentos en los que nada reclama inmediatamente nuestra atención.
Actualizado 01/10/26
Hubo un tiempo en que esperar significaba… esperar
Esperar el autobús. Hacer una fila. Llegar diez minutos antes a una cita. Sentarse en la sala de espera de un consultorio. Permanecer en el asiento mientras comenzaba una clase. Viajar mirando por la ventana.
Ninguna de estas experiencias ha desaparecido. Lo que ha cambiado es que ahora existe una posibilidad que antes no estaba disponible con la misma intensidad: podemos responder casi inmediatamente a esos pequeños momentos de vacío.
Sacamos el teléfono.
Revisamos un mensaje, abrimos una red social, miramos un video, cambiamos de aplicación, escuchamos música, consultamos una noticia o simplemente deslizamos el dedo durante algunos minutos. Muchas veces no existe siquiera una decisión consciente de hacer algo específico. El dispositivo aparece como una respuesta disponible frente al momento en el que aparentemente no está ocurriendo nada.
No necesitamos convertir esta escena en una historia nostálgica sobre una época en la que las personas sabían esperar y las nuevas generaciones ya no pueden hacerlo. El teléfono tampoco inventó nuestra incomodidad frente al aburrimiento. Los seres humanos llevamos mucho tiempo buscando maneras de escapar de él.
Lo novedoso es otra cosa: la disponibilidad casi permanente de estímulos con los cuales podemos intentar hacerlo.
Y eso introduce una pregunta importante para comprender nuestra cultura digital: ¿qué sucede con nuestra experiencia del aburrimiento cuando casi cualquier momento vacío puede llenarse inmediatamente?
¿Qué es realmente el aburrimiento?
Solemos utilizar la palabra aburrimiento para describir situaciones muy diferentes. Decimos que estamos aburridos cuando una clase no nos interesa, cuando no tenemos nada que hacer, cuando una película avanza demasiado lentamente o cuando llevamos varios minutos desplazándonos por contenidos sin encontrar ninguno que realmente queramos ver.
Pero el aburrimiento no es simplemente ausencia de entretenimiento.
Podemos entenderlo como una experiencia desagradable que aparece cuando queremos involucrarnos satisfactoriamente en una actividad, pero no logramos hacerlo. Esto puede ocurrir porque algo nos parece poco estimulante, porque no encontramos significado en lo que hacemos, porque nuestra atención no consigue involucrarse o porque percibimos que podríamos estar haciendo algo más interesante.
Esta distinción importa porque desmonta una idea aparentemente lógica:
más estimulación no significa necesariamente menos aburrimiento.
De hecho, una revisión reciente publicada en Communications Psychology plantea una paradoja interesante. Vivimos en un entorno con un acceso extraordinario a entretenimiento y estimulación digital y, sin embargo, existen indicios de incrementos en el aburrimiento entre jóvenes en determinados contextos y periodos. Los autores proponen varias posibles explicaciones relacionadas con los medios digitales: fragmentación de la atención, expectativas más altas de estimulación, disminución de la sensación de significado, percepción constante de alternativas disponibles y uso de medios digitales como estrategia poco eficaz para escapar del propio aburrimiento.
Entonces quizá deberíamos modificar ligeramente nuestra pregunta.
No solamente:
“¿Por qué nos aburrimos?”
Sino:
¿qué estamos aprendiendo a hacer cada vez que aparece el aburrimiento?
Cuando el vacío encuentra inmediatamente una pantalla
Hay una característica particularmente importante de los entornos digitales contemporáneos: siempre parece existir otra cosa que podríamos estar viendo.
Otro video.
Otra conversación.
Otra publicación.
Otra noticia.
Otro juego.
Otra notificación.
Esta disponibilidad transforma nuestra relación con el tiempo porque introduce permanentemente alternativas. Incluso cuando aquello que estamos haciendo resulta moderadamente interesante, sabemos que a pocos movimientos del dedo puede existir algo potencialmente más estimulante.
Aquí aparece una conexión directa con ¿Por qué todo parece competir por nuestra atención?. La economía de la atención no solamente consiste en plataformas intentando conseguir minutos de nuestra mirada; también produce entornos donde múltiples estímulos están disponibles para disputar continuamente aquello a lo que decidimos atender.
Yves Citton permite ampliar todavía más esta conversación mediante su idea de una ecología de la atención. Nuestra manera de atender no depende únicamente de una voluntad individual que decide concentrarse o distraerse. Atendemos dentro de ambientes que organizan visibilidades, estímulos, prioridades y posibilidades. Preguntarnos por el aburrimiento contemporáneo significa entonces preguntarnos también por los ambientes en los que estamos aprendiendo a relacionarnos con él.
Desde esta perspectiva, sacar el teléfono cuando esperamos el autobús no necesita interpretarse como falta de autocontrol.
Es también una conducta perfectamente comprensible dentro de un ambiente donde la estimulación está permanentemente disponible.
La pregunta cultural es qué ocurre cuando esa respuesta se vuelve habitual.
La paradoja: intentar escapar del aburrimiento puede aburrirnos más
Aquí la investigación reciente ofrece un hallazgo especialmente provocador.
Katy Tam y Michael Inzlicht realizaron una serie de siete experimentos, con 1,223 participantes en total, para estudiar lo que denominan digital switching: cambiar entre videos o avanzar dentro de ellos buscando algo más interesante. Los participantes esperaban que cambiar de contenido redujera su aburrimiento. Sin embargo, en varios de los experimentos ocurrió lo contrario: cambiar entre videos o avanzar constantemente produjo más aburrimiento y redujo la satisfacción, la atención y la sensación de significado respecto a permanecer con un contenido durante más tiempo.
El resultado es interesante precisamente porque contradice nuestra intuición.
Cuando algo comienza a aburrirnos, buscamos otra cosa.
Y después otra.
Y después otra.
Pero cada cambio puede impedir que lleguemos a involucrarnos suficientemente con aquello que estamos viendo.
Los propios investigadores advierten que estos resultados no permiten generalizar sin matices a cualquier tipo de contenido o población; algunos resultados fueron menos concluyentes cuando estudiaron artículos digitales y muestras no universitarias.
Aun así, aparece una posibilidad fascinante:
quizá una cultura con muchísimas maneras de escapar del aburrimiento no produzca necesariamente personas menos aburridas.
Puede producir también experiencias más fragmentadas de involucramiento.
Aquí existe otro enlace natural con ¿Por qué cuesta tanto volver a concentrarnos después de una interrupción?. No porque aburrimiento e interrupción sean el mismo fenómeno, sino porque ambos permiten observar qué sucede cuando nuestra atención se acostumbra a desplazarse constantemente entre diferentes objetos.
Tal vez el problema no sea que haya poco estímulo, sino que siempre podría haber otro mejor
Hay una experiencia cotidiana que ayuda a entender esta paradoja.
Abrimos una plataforma de streaming.
Tenemos cientos o miles de opciones.
Comenzamos a buscar.
Pasamos una película.
Otra.
Otra.
Leemos descripciones.
Miramos avances.
Veinte minutos después todavía no hemos elegido nada.
La abundancia de posibilidades no produjo necesariamente una experiencia más satisfactoria. Puede haber hecho más visible todo aquello que estamos dejando de elegir.
Algo parecido puede ocurrir con los contenidos digitales. Mientras vemos uno sabemos que existen cientos esperando. La atención ya no solamente se relaciona con aquello que tenemos enfrente; también con la posibilidad permanente de que exista algo mejor.
La revisión publicada en Communications Psychology señala precisamente el papel que pueden desempeñar los costos de oportunidad percibidos: cuando somos muy conscientes de que existen otras opciones potencialmente más gratificantes, aquello que estamos haciendo puede comenzar a sentirse menos satisfactorio.
Esto conecta naturalmente con ¿Por qué sentimos que hacemos muchas cosas pero no terminamos de estar en ninguna?. En ambos casos aparece una cultura donde la disponibilidad permanente de alternativas puede dificultar la experiencia de permanecer suficientemente tiempo en una sola actividad.
Quizá el aburrimiento contemporáneo no pueda comprenderse únicamente como falta de estímulos.
También puede relacionarse con la conciencia permanente de que podríamos estar atendiendo a otra cosa.
Entonces, ¿aburrirse es bueno?
Aquí necesitamos detenernos porque resulta muy fácil sustituir una simplificación por otra.
Si la estimulación constante puede generar problemas, podríamos concluir rápidamente:
“Entonces los estudiantes necesitan aburrirse.”
Pero la investigación no justifica una afirmación tan sencilla.
El aburrimiento puede ser una experiencia desagradable y, dentro de contextos educativos, puede relacionarse con desinterés, desconexión y dificultades para involucrarse en una tarea. Tampoco debemos confundir aburrimiento con descanso, silencio, contemplación o divagación mental.
Son fenómenos relacionados en algunos contextos, pero no equivalentes.
La divagación mental —cuando nuestra atención se separa de una tarea y se dirige hacia pensamientos generados internamente— puede perjudicar el aprendizaje cuando ocurre mientras necesitamos atender a una explicación, comprender un texto o resolver una tarea. Una revisión sobre educación y mind wandering señala precisamente que numerosos estudios encuentran relaciones negativas entre divagación durante el aprendizaje y resultados como la retención.
Pero la historia tampoco termina ahí.
Algunas investigaciones han explorado posibles relaciones entre determinadas formas de divagación mental, periodos de incubación y creatividad. Una revisión de 2022 señala que ciertos descansos y formas de mind wandering pueden contribuir a procesos creativos, aunque los autores son cuidadosos en no presentar toda pérdida de foco como beneficiosa para aprender.
Por eso necesitamos conservar las distinciones:
aburrirse no es automáticamente bueno.
estar estimulado no es automáticamente malo.
dejar vagar la mente no siempre favorece el aprendizaje.
concentrarse permanentemente tampoco es una condición humana sostenible.
La conversación interesante comienza justamente cuando dejamos de buscar una respuesta binaria.
Quizá estamos perdiendo algo más pequeño: los tiempos intermedios
Pensemos nuevamente en esperar el autobús.
Antes de sacar el teléfono existe un pequeño intervalo.
No estamos trabajando.
No estamos estudiando.
No estamos conversando.
No estamos consumiendo deliberadamente un contenido.
Simplemente estamos ahí.
Podemos mirar alrededor. Recordar algo. Pensar en una conversación. Imaginar una situación. Observar a otras personas. Sentir aburrimiento. O no pensar particularmente en nada importante.
Esos momentos no necesitan ser romantizados. Esperar también puede ser incómodo, frustrante y profundamente aburrido.
Pero culturalmente resulta interesante que ahora podamos eliminarlos casi inmediatamente mediante un dispositivo.
Bernard Stiegler ofrece un marco especialmente fértil para pensar este problema. Su filosofía de la técnica permite abandonar la idea de que la tecnología es simplemente una herramienta externa que utilizamos. Las tecnologías participan también en la organización de nuestras prácticas, nuestra memoria, nuestra temporalidad y nuestras formas de atención.
Desde esta perspectiva, la pregunta no sería si el teléfono “nos está haciendo incapaces de aburrirnos”.
Sería algo más cuidadoso:
¿qué formas de relación con el tiempo y con nuestra propia atención estamos cultivando cuando los intervalos vacíos pueden ser ocupados inmediatamente?
Esa pregunta ya no acusa al individuo.
Nos obliga a mirar la cultura.
¿Y qué ocurre cuando esa cultura entra a la escuela?
Aquí aparece el problema educativo.
La escuela contiene inevitablemente tiempos que no pueden ser intensamente estimulantes.
Leer un texto complejo requiere permanecer.
Resolver un problema requiere tolerar momentos en los que todavía no sabemos qué hacer.
Escribir implica detenerse, borrar, volver a pensar.
Escuchar a otra persona exige renunciar temporalmente a otras posibilidades.
Aprender algo difícil incluye periodos de confusión.
Investigar requiere momentos en los que no encontramos inmediatamente una respuesta.
Ninguna estrategia didáctica puede eliminar completamente esas experiencias sin transformar también aquello que significa aprender.
Sin embargo, parte del discurso contemporáneo sobre innovación educativa parece asumir que una buena experiencia pedagógica debería conseguir mantener al estudiante permanentemente interesado, activo y estimulado.
Si alguien se aburre, inmediatamente buscamos cambiar el recurso.
Otro video.
Otra dinámica.
Otra aplicación.
Otra actividad.
Gamificación.
Movimiento.
Participación.
Y muchas de esas estrategias pueden ser pedagógicamente valiosas.
El problema aparece cuando comenzamos a pensar que todo momento de baja estimulación constituye necesariamente un fracaso del diseño didáctico.
Quizá la escuela necesita preguntarse no solamente cómo captar la atención, sino qué tipos de atención quiere ayudar a formar.
Esta pregunta nos devuelve directamente a Cómo está cambiando nuestra atención. Si la atención se construye también culturalmente, la tarea educativa no puede reducirse a competir con las plataformas por conseguir que los estudiantes nos miren.
La escuela tampoco debería competir con TikTok
Hay una frase que aparece con frecuencia en conversaciones docentes:
“¿Cómo voy a competir con TikTok?”
La respuesta quizá sea: no deberíamos intentarlo.
Una clase no necesita producir un estímulo nuevo cada pocos segundos. Un libro tampoco. Una conversación importante tampoco. Resolver un problema matemático tampoco.
La escuela opera —o debería poder operar— con otra temporalidad.
Esto no significa defender clases monótonas, ignorar el diseño pedagógico o responsabilizar a los estudiantes cuando una experiencia carece de sentido. Una enseñanza confusa, repetitiva o desconectada puede producir aburrimiento perfectamente comprensible.
Pero tampoco significa asumir que nuestra responsabilidad pedagógica consiste en eliminar cualquier momento de incomodidad atencional.
Existe una diferencia importante entre diseñar experiencias significativas y diseñar experiencias permanentemente estimulantes.
La primera busca construir sentido.
La segunda corre el riesgo de entrar en una competencia que la escuela probablemente no puede —y quizá tampoco debería— ganar.
Aprender también implica permanecer cuando todavía no pasa nada interesante
Tal vez una de las capacidades menos visibles del aprendizaje profundo sea tolerar el tiempo necesario para que algo comience a tener sentido.
Las primeras páginas de un libro pueden no atraparnos.
Un problema puede resistirse.
Una explicación puede exigir volver atrás.
Una idea puede necesitar varios minutos de silencio antes de poder formularse.
Hay experiencias cuyo valor no aparece inmediatamente.
Eso resulta particularmente relevante dentro de una cultura donde muchas interfaces están diseñadas para permitir abandonar rápidamente aquello que no produce suficiente involucramiento.
Aquí podemos conectar con ¿Estamos perdiendo la capacidad de leer textos largos?. Leer extensamente no depende solamente de una capacidad cognitiva abstracta; también implica una relación particular con el tiempo, la expectativa y la posibilidad de permanecer cuando la recompensa no llega de inmediato.
Quizá por eso el aburrimiento merece un lugar dentro de este dossier.
No porque necesitemos enseñar a los estudiantes a aburrirse.
Sino porque nos obliga a preguntarnos qué relación estamos construyendo con todo aquello que no consigue interesarnos inmediatamente.
Resumen: quizá no nos aburrimos menos, sino de otra manera
La disponibilidad permanente de contenidos digitales ha transformado nuestra capacidad para responder a los pequeños momentos de vacío. Podemos ocupar una fila, un trayecto o una espera casi inmediatamente. Pero esto no significa que hayamos eliminado el aburrimiento. La investigación reciente incluso sugiere una paradoja: algunas estrategias digitales que utilizamos para escapar de él, como cambiar constantemente entre contenidos, pueden terminar intensificándolo.
Esto tampoco convierte al aburrimiento en una virtud pedagógica. Aburrirse puede dificultar el aprendizaje y la divagación mental puede perjudicar el desempeño cuando necesitamos concentrarnos. Al mismo tiempo, ciertos periodos de menor demanda externa pueden permitir otros procesos de pensamiento. Lo importante es no confundir aburrimiento, descanso, silencio, atención y estimulación como si fueran exactamente lo mismo.
La transformación cultural quizá esté ocurriendo en nuestra relación con los intervalos: cada vez tenemos más posibilidades de llenar inmediatamente los momentos en los que aparentemente no ocurre nada. Y eso puede modificar nuestras expectativas acerca de cuánto tiempo estamos dispuestos a permanecer frente a una experiencia antes de buscar otra.
Para la escuela, el desafío no consiste en recuperar nostálgicamente el aburrimiento ni en convertir cada minuto de clase en entretenimiento. Consiste en algo más complejo: construir experiencias con suficiente sentido para merecer atención y, al mismo tiempo, formar la capacidad de permanecer cuando comprender requiere tiempo.
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Preguntas para seguir pensando
¿Cuándo fue la última vez que esperamos algunos minutos sin sacar el teléfono?
¿Qué hacemos normalmente cuando un contenido no consigue interesarnos inmediatamente?
¿Estamos confundiendo una experiencia pedagógica significativa con una experiencia permanentemente estimulante?
¿Qué aprendizajes requieren atravesar momentos de lentitud, incertidumbre o incluso cierto aburrimiento antes de comenzar a tener sentido?
¿Hasta qué punto nuestras propias prácticas adultas de revisar mensajes, cambiar de contenido y llenar cualquier pausa participan de la misma cultura que observamos en nuestros estudiantes?
¿Qué tipo de relación con el tiempo queremos ayudar a construir desde la escuela?
Y quizá la pregunta más incómoda: si nosotros mismos tenemos cada vez más dificultades para permanecer sin buscar un nuevo estímulo, ¿por qué interpretamos este fenómeno únicamente como un problema de nuestros estudiantes?
Reflexión final
Tal vez el asunto nunca fue recuperar una época en la que supuestamente sabíamos aburrirnos.
Tampoco necesitamos declarar el aburrimiento una nueva estrategia pedagógica.
Lo que merece nuestra atención es el entorno que hemos construido alrededor de esos pequeños momentos en los que nada parece ocurrir. Hoy podemos llenarlos casi inmediatamente, y esa posibilidad forma parte de la cultura en la que estudiantes y docentes estamos aprendiendo a organizar nuestra atención.
La escuela no existe fuera de esa cultura.
Pero tampoco tiene que reproducir todas sus lógicas.
Quizá uno de sus espacios más valiosos pueda consistir precisamente en ofrecer experiencias donde no todo necesite aparecer inmediatamente, donde una pregunta pueda permanecer abierta, donde una lectura tenga tiempo para desplegarse y donde no comprender algo durante algunos minutos no obligue a buscar inmediatamente otra cosa.
No porque aburrirse sea bueno.
Sino porque algunas cosas importantes necesitan tiempo antes de volverse interesantes.







