¿Qué son los therians y por qué algunos jóvenes encuentran comunidad allí?

Máscaras, colas, movimientos animales y videos recorriendo TikTok pueden hacer que los therians parezcan solamente una nueva extravagancia de internet. Pero cuando dejamos de mirar únicamente aquello que resulta extraño desde fuera aparece una conversación mucho más interesante sobre identidad, pertenencia y la capacidad de internet para reunir a personas que antes difícilmente habrían encontrado palabras —y mucho menos una comunidad— para experiencias similares.

Cuando conocemos una comunidad a través de sus videos más extraños

Quizá el primer encuentro de muchas personas con la palabra therian no ocurrió mediante alguien que se identificara así. Probablemente apareció a través de un video.

Una persona utilizando una máscara con rasgos animales. Alguien desplazándose en cuatro extremidades. Un joven usando una cola. Después aparecen los comentarios: personas preguntando qué están viendo, otras burlándose, algunas mostrando preocupación y muchas ofreciendo explicaciones sobre lo que supuestamente significa aquella conducta.

La lógica de las plataformas facilita esta entrada. Aquello que resulta visualmente extraño, sorprendente o fácilmente discutible tiene más posibilidades de circular que una explicación extensa sobre identidad. Por eso podemos terminar conociendo primero las manifestaciones más visibles de una comunidad y solo después —si alguna vez ocurre— preguntándonos qué significan para quienes participan en ella.

Con los therians sucede algo especialmente interesante: aquello que podemos observar desde fuera no necesariamente es aquello que define la identidad desde dentro.

Una máscara puede ser visible.

Una cola también.

Una determinada forma de movimiento puede grabarse.

Una experiencia subjetiva de identidad, en cambio, es mucho más difícil de convertir en quince segundos de video.

Por eso, antes de preguntarnos por qué algunos jóvenes hacen determinadas cosas, necesitamos comenzar por una pregunta aparentemente más sencilla: ¿qué significa realmente ser therian?

¿Qué es un therian?

El término therian se utiliza dentro de esta comunidad para describir a una persona que experimenta una identificación interna con uno o más animales no humanos. La manera de interpretar esa identificación puede variar: algunas personas la entienden psicológicamente, otras espiritualmente, metafóricamente o desde marcos personales diferentes. Un término frecuente es theriotype, utilizado para referirse al animal o animales con los que la persona se identifica.

Esta definición necesita varias precisiones.

En primer lugar, identificarse como therian no significa necesariamente creer que el cuerpo humano se transforma físicamente en un animal. La literatura académica distingue la identidad therian contemporánea de la teriantropía clínica, término utilizado en psiquiatría para describir casos poco frecuentes en los que existe una creencia delirante de transformación física en animal, generalmente asociada a otras condiciones clínicas. Una revisión sistemática publicada en 2025 insiste precisamente en que estos fenómenos no deben confundirse y advierte contra patologizar innecesariamente identidades no clínicas como las de therians, furries y otherkin.

En segundo lugar, ser therian tampoco significa necesariamente utilizar máscaras, colas o desplazarse en cuatro extremidades. Esas prácticas pueden aparecer dentro de determinados sectores de la comunidad y son especialmente visibles en redes sociales, pero una práctica observable no constituye por sí sola la definición de la identidad.

Y hay una tercera distinción que será importante para nuestro recorrido por las comunidades juveniles de internet: therian y furry tampoco significan lo mismo. La investigación con personas pertenecientes a ambas comunidades encuentra cierto solapamiento, pero también diferencias importantes. La identidad therian se articula alrededor de la identificación con un animal no humano, mientras que participar en el furry fandom gira principalmente alrededor del interés por personajes animales antropomórficos y la cultura creativa construida en torno a ellos. Una persona puede pertenecer a ambos espacios, pero una identidad no implica automáticamente la otra.

Esta distinción nos lleva hacia una pregunta mucho más interesante:

si ser therian no puede reducirse a ponerse una máscara o imitar a un animal, ¿qué encuentra una persona cuando descubre esta palabra?

A veces encontrar una palabra también significa encontrar una explicación posible

Uno de los pocos estudios cualitativos específicamente dedicados a la identidad therian ofrece una pista interesante. Timothy Grivell, Helen Clegg y Elizabeth Roxburgh entrevistaron a cinco personas pertenecientes a la comunidad y encontraron que el reconocimiento y aceptación de la identidad therian era descrito como un proceso gradual de autodescubrimiento.

Cinco personas son una muestra demasiado pequeña para decirnos cómo viven su identidad “los therians” en general. Pero el estudio permite reconocer un fenómeno que resulta antropológicamente mucho más amplio: encontrar una categoría puede modificar la manera en que interpretamos experiencias que anteriormente parecían aisladas o difíciles de nombrar.

Internet ha multiplicado estas posibilidades.

Una persona puede experimentar durante años algo para lo cual no posee un vocabulario específico. Después encuentra una palabra, descubre testimonios de otras personas que utilizan esa misma palabra y comienza a comparar experiencias.

No necesariamente encuentra una respuesta definitiva.

Encuentra un marco.

Y, sobre todo, encuentra a otros.

Aquí aparece una de las características fundamentales de muchas comunidades digitales contemporáneas. Internet no solamente permite comunicarnos con personas que ya conocemos; permite que individuos con experiencias extraordinariamente específicas puedan encontrarse aunque estén geográficamente dispersos.

Una característica que podía experimentarse en soledad puede convertirse entonces en una identidad compartida.

Y una identidad compartida puede comenzar a producir comunidad.

Para pertenecer también hay que aprender qué significa ser therian

Encontrar una palabra no significa comprender inmediatamente todo lo que una comunidad ha construido alrededor de ella.

Quien comienza a explorar espacios therian puede encontrarse con vocabulario específico, discusiones sobre qué significa identificarse con un animal, diferentes explicaciones de esa experiencia, relatos personales y debates sobre cuáles prácticas tienen realmente relación con la identidad.

También encuentra fronteras.

La investigación de Venetia Robertson sobre la comunidad therian online resulta particularmente interesante aquí. Su trabajo analiza cómo las tensiones entre experiencia individual y consenso comunitario producen formas implícitas de iniciación y pertenencia. La comunidad no solamente reúne a personas que utilizan una misma etiqueta; también participa en la negociación colectiva de qué significa esa etiqueta y quién puede ser reconocido dentro de ella.

Esto nos devuelve a una pregunta que estamos utilizando como hilo conductor en toda esta serie:

¿qué tiene que aprender alguien para pertenecer?

En el caso therian, la respuesta no consiste simplemente en aprender determinados movimientos o adquirir ciertos accesorios. Hay que aprender un vocabulario, reconocer distinciones, conocer debates, interpretar experiencias propias a través de conceptos compartidos y descubrir qué afirmaciones son aceptadas, cuestionadas o discutidas dentro de diferentes espacios de la comunidad.

Es decir, la comunidad no solamente recibe identidades.

También participa en su construcción y negociación.

Aquí existe una conexión natural con ¿Qué es un fandom? Cuando ser fan se convierte en una forma de pertenecer. En los fandoms observamos que compartir un interés no basta para comprender una comunidad: existen códigos, conocimientos y fronteras que se aprenden mediante la participación. En los espacios therian también encontramos procesos de aprendizaje comunitario, aunque la naturaleza de aquello que reúne a sus integrantes sea diferente. Un fandom se organiza fundamentalmente alrededor de un objeto cultural compartido; la comunidad therian se articula alrededor de experiencias de identificación.

La semejanza está en el proceso comunitario.

La diferencia está en aquello alrededor de lo cual se construye.

Una comunidad también ayuda a decidir qué significa una experiencia

Aquí aparece una cuestión especialmente delicada.

Podríamos imaginar que una persona primero descubre perfectamente quién es y después busca una comunidad formada por otras personas iguales. Pero las identidades sociales rara vez funcionan de manera tan lineal.

Las comunidades también proporcionan palabras, relatos, categorías, ejemplos y maneras de interpretar aquello que experimentamos.

Robertson encontró precisamente una tensión entre lo que cada participante entendía personalmente acerca de su identidad y aquello que la comunidad iba estableciendo como conocimiento compartido sobre la therianthropy. En otras palabras, existía una negociación entre “esto es lo que yo experimento” y “esto es lo que nosotros entendemos que significa ser therian”.

Esta tensión no es exclusiva de los therians.

Ocurre en comunidades religiosas, profesionales, políticas, artísticas, deportivas y juveniles. Las personas participan en la construcción de las comunidades y, simultáneamente, las comunidades les ofrecen categorías mediante las cuales pueden comprenderse.

Desde una perspectiva antropológica, entonces, quizá una pregunta más productiva que “¿por qué alguien cree que es un animal?” sería:

¿cómo aprende una persona a interpretar determinadas experiencias como parte de una identidad compartida?

La diferencia entre ambas preguntas es enorme.

La primera observa desde fuera y exige una explicación del individuo.

La segunda permite observar la relación entre experiencia, lenguaje, cultura y comunidad.

Internet puede convertir una experiencia privada en una identidad colectiva

Las comunidades therian contemporáneas poseen una relación profunda con internet. Robertson describía ya en 2013 el movimiento occidental de therianthropy como un fenómeno desarrollado fundamentalmente mediante espacios online, donde personas geográficamente dispersas podían construir conocimientos, discursos y formas de reconocimiento compartidas.

Esto nos permite observar una función de internet que puede quedar oculta cuando solamente hablamos de redes sociales en términos de entretenimiento o distracción.

Internet también funciona como infraestructura para encontrar semejantes.

Antes de las comunidades digitales, alguien con una experiencia extremadamente minoritaria dependía de la posibilidad improbable de encontrar físicamente a otra persona que compartiera algo semejante. Hoy puede buscar una palabra y descubrir en minutos testimonios, comunidades, videos, foros y vocabularios producidos durante años por personas de diferentes países.

Eso puede disminuir la sensación de aislamiento.

Pero también introduce nuevas preguntas.

¿Qué ocurre cuando una persona encuentra una categoría antes de haber elaborado completamente su propia experiencia?

¿Qué papel desempeñan los relatos de otras personas en la manera en que comienza a explicarse?

¿Dónde termina el descubrimiento personal y dónde comienza el aprendizaje de una identidad culturalmente disponible?

No tenemos respuestas sencillas para estas preguntas, y sería irresponsable asumir que funcionan de la misma manera para todas las personas.

Pero precisamente por eso resultan interesantes.

Nos permiten observar que internet no solamente conecta identidades previamente existentes: también ofrece lenguajes mediante los cuales las personas pueden comenzar a pensarlas.

TikTok no inventó a los therians, pero sí cambió cómo los vemos

Una de las simplificaciones más fáciles sería describir a los therians como “una moda de TikTok”.

Históricamente no se sostiene.

La investigación académica documentaba comunidades therian online mucho antes del auge de TikTok, y estudios publicados en 2013 y 2014 ya analizaban sus procesos de identidad y pertenencia.

Pero decir que TikTok no creó el fenómeno tampoco significa que las plataformas sean irrelevantes.

Lo que una plataforma puede transformar radicalmente es la visibilidad del fenómeno y las prácticas mediante las cuales otras personas llegan a conocerlo.

Una experiencia interna de identidad es difícil de mostrar.

Una máscara es fácil.

Una explicación de diez minutos sobre cómo alguien comprende su relación con determinado animal tiene pocas de las características visuales de un video viral. Una persona desplazándose en cuatro extremidades puede comprenderse —o malinterpretarse— en segundos.

Entonces aparece una selección.

Las prácticas más visibles comienzan a representar ante el público a una comunidad mucho más compleja.

Y el algoritmo puede amplificar aquello que provoca sorpresa, discusión, rechazo o curiosidad.

Aquí encaja naturalmente ¿Por qué todo parece competir por nuestra atención?. La economía de la atención no solamente determina qué contenidos consumimos; también puede participar en qué versión de una comunidad termina siendo visible para quienes están fuera de ella. Aquello que consigue detener el desplazamiento del dedo adquiere una ventaja sobre aquello que necesita contexto.

Por eso muchas personas pueden haber conocido primero a los therians como espectáculo y solo después como comunidad.

Cuando una identidad se convierte en contenido

Hay una tensión especialmente contemporánea detrás de todo esto.

Las plataformas permiten que una persona encuentre comunidad, pero las mismas plataformas pueden convertir esa identidad en contenido para audiencias que no pertenecen a ella.

Una práctica creada para expresarse o reconocerse entre iguales puede abandonar su contexto original mediante recomendaciones algorítmicas. Después llega a usuarios que la interpretan sin conocer su vocabulario, historia o significado.

A partir de ahí puede convertirse en meme.

En curiosidad.

En noticia.

En motivo de burla.

En preocupación adulta.

O en material para creadores que explican desde fuera aquello que supuestamente significa.

Esto produce una paradoja: la visibilidad que permite encontrar comunidad también puede aumentar la exposición al juicio de quienes no la comprenden.

El estudio de Grivell, Clegg y Roxburgh ya recogía entre sus participantes un deseo de mayor aceptación pública. Investigaciones posteriores sobre estas comunidades continúan señalando la importancia del estigma y la necesidad de distinguir la identidad therian de fenómenos clínicos con los que puede confundirse.

Por eso no basta con preguntar qué hacen las redes sociales por los therians.

También necesitamos preguntar qué hacen con ellos.

Lo extraño depende mucho de desde dónde estamos mirando

Hay algo antropológicamente útil en nuestra reacción frente a los therians.

Nos obliga a reconocer dónde colocamos las fronteras de aquello que consideramos una identidad comprensible.

No nos resulta particularmente extraño que alguien construya parte de su identidad alrededor de una nacionalidad, una profesión, una religión, una afición, una estética, una comunidad musical o un equipo deportivo. Algunas de esas pertenencias incluso incluyen vestimenta, rituales, símbolos, vocabulario y comportamientos que resultarían incomprensibles fuera de su contexto.

Eso no significa que todas las formas de identidad sean equivalentes.

Significa que aquello que nos parece natural también está culturalmente organizado.

Los therians llevan esta pregunta hacia un territorio especialmente incómodo porque cuestionan una frontera que solemos considerar bastante estable: la que separa nuestra identidad humana de los animales no humanos.

Robertson ha estudiado precisamente esta dimensión antropológica y espiritual de la therianthropy, observando cómo estas identidades negocian las fronteras humano-animal mediante diferentes interpretaciones personales y comunitarias.

No necesitamos compartir esa identificación para estudiarla.

La antropología no exige convertirse en aquello que intenta comprender.

Exige algo diferente: suspender durante un momento la necesidad de juzgar para poder preguntar qué significa una práctica para quienes la realizan.

Eso encaja profundamente con la lógica de Chisme Pedagógico:

comprender antes de reaccionar.

Pero comprender tampoco significa aceptar cualquier explicación sin preguntas

Existe un riesgo contrario.

En nuestro intento por evitar la burla o la patologización podríamos terminar describiendo todo lo que una comunidad dice sobre sí misma como si automáticamente constituyera conocimiento comprobado.

Tampoco sería una buena aproximación.

Una comunidad puede desarrollar explicaciones internas, creencias, desacuerdos y vocabularios que tienen significado para sus integrantes sin que todos ellos posean el mismo estatus científico.

Podemos reconocer que alguien experimenta determinada identificación sin afirmar que conocemos su origen psicológico.

Podemos estudiar una explicación espiritual como parte de la manera en que una persona comprende su experiencia sin presentarla como una explicación empíricamente demostrada.

Podemos observar prácticas comunitarias sin asumir que todos los therians participan en ellas.

Y podemos reconocer que una identidad no constituye por sí misma una enfermedad sin concluir que ninguna persona perteneciente a esa comunidad pueda experimentar dificultades de salud mental, exactamente igual que ocurre con cualquier otra población.

Esta distinción resulta particularmente importante porque el término therianthropy también posee una historia clínica distinta. La literatura psiquiátrica sobre therianthropy clínica se refiere a experiencias delirantes de transformación y está asociada en los casos publicados a diferentes trastornos psiquiátricos. Eso no permite trasladar automáticamente esa literatura a las personas que utilizan therian como identidad dentro de comunidades online.

Comprender exige evitar tanto la patologización automática como la aceptación acrítica.

¿Qué tiene todo esto que ver con la escuela?

Quizá un docente nunca tenga un estudiante que le diga que es therian.

O quizá ya lo tenga.

Pero esa no es realmente la razón por la que este fenómeno merece entrar en una conversación educativa.

Los therians nos permiten observar algo mucho más amplio sobre la experiencia juvenil contemporánea: nuestros estudiantes tienen acceso a comunidades, vocabularios e identidades que pueden ser completamente invisibles para los adultos que los rodean.

Un adolescente puede encontrar primero en internet las palabras con las que intenta explicar una experiencia personal. Puede conversar con personas de otros países antes de mencionarla a alguien de su familia. Puede participar en una comunidad durante meses mientras en la escuela nadie conoce esa parte de su vida.

Aquí podemos enlazar con Comunidades gamer: ¿qué aprenden los jóvenes cuando jugar también significa pertenecer?. Aunque el objeto que reúne a ambas comunidades sea radicalmente distinto, existe una pregunta común: ¿cuántas identidades, conocimientos, códigos y relaciones desarrollan nuestros estudiantes en espacios que la escuela simplemente no ve?

Eso no significa que el docente deba convertirse en especialista en cada nueva comunidad de internet.

Sería imposible.

Quizá necesita algo más importante: desarrollar una disposición para preguntar antes de interpretar.

Si un estudiante utiliza una palabra que no conocemos, podemos investigar.

Si una práctica nos resulta extraña, podemos preguntar qué significa para esa persona.

Si existe preocupación por su bienestar, podemos observar aquello que realmente importa: malestar significativo, funcionamiento cotidiano, relaciones, seguridad y necesidades concretas, en lugar de asumir un diagnóstico a partir de una etiqueta encontrada en internet.

La pregunta educativa no necesita ser:

“¿Qué hago si tengo un therian en mi salón?”

Puede ser:

“¿Cómo acompañamos a estudiantes cuyas formas de construir identidad pertenecen a mundos culturales que nosotros no necesariamente conocemos?”

Esa pregunta seguirá siendo relevante mucho después de que TikTok deje de hablar de therians.

La comunidad que vemos y la comunidad que existe

Tal vez este fenómeno sea un buen ejemplo de por qué necesitamos estudiar comunidades juveniles de internet.

Desde fuera podemos ver máscaras.

Movimientos.

Videos.

Comentarios.

Tendencias.

Pero una comunidad no se reduce a sus elementos más visibles.

Detrás puede haber personas intentando nombrar experiencias, encontrar semejantes, construir vocabularios, negociar significados, decidir quién pertenece, discutir sus propias fronteras y enfrentarse a la mirada de quienes solamente conocen fragmentos descontextualizados de todo aquello.

Eso no vuelve irrelevantes las preguntas críticas.

Las vuelve mejores.

Porque ya no preguntamos solamente qué están haciendo.

Preguntamos qué significa para ellos, cómo aprendieron a interpretarlo de esa manera, qué papel desempeña la comunidad y qué hace la plataforma con esa identidad una vez que la convierte en contenido.

Resumen: ¿qué nos permiten comprender los therians?

Los therians constituyen una comunidad articulada alrededor de formas de identificación con animales no humanos. Esa identidad no puede reducirse a máscaras, movimientos en cuatro extremidades ni otras prácticas especialmente visibles en redes sociales. Tampoco debe confundirse automáticamente con el furry fandom ni con la therianthropy clínica descrita en literatura psiquiátrica.

Mirar esta comunidad nos permite observar algo más amplio: internet puede proporcionar vocabularios mediante los cuales las personas interpretan experiencias que antes podían vivir de manera privada, y puede conectarlas con otras personas que utilizan categorías semejantes. En ese proceso, las comunidades no solamente ofrecen pertenencia; también negocian significados, establecen fronteras y participan en la manera en que sus integrantes comprenden aquello que experimentan.

Las plataformas introducen otra capa. La misma infraestructura que permite encontrar semejantes puede transformar una identidad minoritaria en contenido viral para audiencias externas. Cuando eso ocurre, las prácticas más visibles pueden terminar representando a toda la comunidad, mientras sus debates, diferencias y experiencias internas desaparecen detrás de aquello que resulta más llamativo.

Para la educación, quizá esta sea la enseñanza más importante: nuestros estudiantes participan en mundos culturales que no necesariamente comprendemos y construyen partes de su identidad mediante lenguajes que pueden haberse formado fuera de la familia y de la escuela. No necesitamos conocer anticipadamente cada una de esas identidades. Necesitamos conservar la capacidad de acercarnos a ellas con curiosidad crítica antes que con diagnóstico, burla o alarma.

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Preguntas para seguir pensando

¿Qué cambia cuando una persona encuentra en internet una palabra que parece explicar experiencias que antes no sabía cómo nombrar?

¿Hasta qué punto una comunidad descubre identidades existentes y hasta qué punto participa también en la manera en que aprendemos a interpretarlas?

¿Qué ocurre cuando aquello que tiene significado dentro de una comunidad se vuelve contenido de entretenimiento para quienes la observan desde fuera?

¿Cuántas veces confundimos las prácticas más visibles de una comunidad con aquello que realmente la define?

¿Cómo podemos distinguir entre comprender una experiencia y aceptar sin cuestionamiento todas las explicaciones construidas alrededor de ella?

¿Qué necesita saber realmente un docente cuando un estudiante participa en una comunidad que le resulta completamente desconocida?

Y quizá la pregunta central de toda esta serie: ¿qué estamos dejando de comprender de nuestros estudiantes cuando observamos sus comunidades solamente desde fuera?

Reflexión final

Tal vez los therians nos resulten interesantes precisamente porque nos colocan frente a algo que no comprendemos inmediatamente.

Y esa incomodidad puede tomar dos caminos.

Podemos convertir rápidamente lo extraño en burla, diagnóstico o explicación.

O podemos utilizarlo para preguntar.

Preguntar qué significa una palabra para quien la utiliza, cómo encontró a otras personas que comparten ese lenguaje, qué aprende para participar, qué posibilidades encuentra allí y qué tensiones aparecen cuando una experiencia personal comienza a convertirse en identidad colectiva.

No necesitamos terminar pensando igual que las personas que estamos intentando comprender.

Comprender no exige eso.

Pero si la escuela quiere seguir siendo un lugar donde puedan encontrarse mundos distintos, quizá necesitemos acostumbrarnos a una realidad: nuestros estudiantes están construyendo partes de su identidad en territorios culturales que probablemente no fueron hechos para nosotros.

Y algunas veces, antes de educar sobre esos mundos, tendremos que aprender a mirarlos.

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